Por: Luis Eduardo Solarte Pastás
Difícil, sumamente difícil, resulta gobernar las entidades territoriales de un país en que la violencia arrecia por todos lados, la corrupción se pasea tan orondamente y los intereses politiqueros no dan tregua.
De acuerdo con la organización político-administrativa colombiana, los gobernantes: presidente, gobernadores y alcaldes se eligen por el llamado voto popular, el cual se dice que se tiene en cuenta para legitimar su elección y, al mismo tiempo para darles a los electores ese derecho de participar dentro de un sistema de gobierno democrático.
Sin embargo, en esos procesos de elección se han dado graves falencias y errores debido a la manipulación política a favor o en contra de quienes hoy son gobernadores o alcaldes.
Sí esa manipulación política, dadas las actuales circunstancias que atraviesa Colombia en sus diferentes niveles, se ha acentuado y fortalecido para beneplácito y complacencia de las personas que la manejan, patrocinan y aprovechan al máximo, pero en detrimento de los propios gobernantes y de unos electores que un día creyeron que las cosas iban a cambiar.
Tanto es así que hoy en día muchos gobernadores y alcaldes se sienten “desplazados” en su condición de tales, como consecuencia a que no sólo los denominados “caciques políticos”, sino también otras fuerzas como la subversión y los paramilitares, los manejan tras bambalinas y a su antojo como si se tratara de unos títeres baratos en un espectáculo de circo pobre.
Por más que se agrupen bajo toldas que llaman federaciones o asociaciones para, supuestamente, pretender defender su autonomía de gobernantes y representantes de un pueblo, la verdad es que no lo han podido lograr. Situación ésta que nos lleva a preguntarnos quién o quiénes son, en fin, los que están gobernando y orientando los destinos de unos departamentos y municipios, como en el caso de Nariño.
A todas luces es sumamente preocupante que ello esté sucediendo.
Las comunidades les reclaman a los gobernantes una y otra vez el cumplimiento de sus promesas, pero aunque ellos tengan las más buenas intenciones de hacerlo, en varias oportunidades se ven maniatados, conminados e imposibilitados de corroborar y retribuir la confianza que el pueblo depositó en ellos al elegirlos.
Todo lo anterior porque en ciertos municipios y departamentos que están alejados del poder central aparece la mano obscura de la manipulación política, la amenaza guerrillera y de los “paras” para amenazarlos que se abstengan de llevar a efecto la cristalización de obras y alternativas de solución a las necesidades de determinados sectores poblaciones, dado que no los han autorizado ni mucho menos les han dado permiso.
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Así las cosas, los únicos desplazados de que se habla a diario y se utiliza como tema de grandes y efusivos discursos politiqueros, no son únicamente los campesinos, indígenas y todos aquellos que se han visto obligados a buscar refugio, en medio del hambre y la miseria (lejos del sitio en donde vivían); sino también muchos gobernantes de turno, en razón a que no pueden ejercer con libertad el poder que se les ha otorgado como autoridades para que cumplan sus programas de gobierno, en favor de las comunidades de determinada jurisdicción territorial de un país, en donde la “Paz Total” no deja de ser un simple discurso.

