¿Genios o Locos? La delgada línea entre el trastorno mental y la creatividad

La narrativa del «artista atormentado» es uno de los clichés más persistentes de la historia, pero ¿qué hay de cierto en ella? ¿Es el sufrimiento un combustible necesario para la creación, o es simplemente una tragedia que los artistas logran transformar?

La historia de Edvard Munch es fundamental aquí. Su obra más famosa, El Grito, no es una representación de un sonido externo, sino una visualización de un ataque de pánico. Munch escribió en su diario: «La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles negros que vigilaron mi cuna». Para él, el arte era una forma de catarsis, un recipiente para una ansiedad que, de otro modo, lo habría destruido. Sin su inestabilidad emocional, el expresionismo tal vez nunca habría alcanzado esa profundidad visceral.

Otro caso fascinante es el de Yayoi Kusama. La artista japonesa vive voluntariamente en un hospital psiquiátrico desde los años 70. Sus famosos «puntos» e instalaciones de espejos son una respuesta a sus alucinaciones visuales. Ella llama a su proceso «autoborramiento»: al cubrir el mundo con patrones infinitos, logra manejar el miedo a desaparecer que le provocan sus crisis. Aquí, el arte no es un síntoma de la locura, sino la cura.

Sin embargo, debemos ser cuidadosos al romantizar el dolor. Muchos artistas han creado obras maestras desde la sobriedad y la salud mental. La diferencia radica en la resiliencia: la capacidad de tomar el caos interno y darle una estructura estética. El genio no reside en estar «loco», sino en tener la habilidad técnica y la valentía de mirar al abismo y regresar con un cuadro bajo el brazo.