Francia lleva el corazón roto a Miami pero intenta convertir el dolor en gasolina para el último partido
El vestuario francés amaneció este sábado con una herida que tardará semanas en cerrar. Los Bleus llegaron a este Mundial convencidos de que podían ganar la Copa y estuvieron más cerca que nunca de disputar su tercera final consecutiva, pero España los frenó de una manera que dolió especialmente porque nunca encontraron respuestas. Los jugadores reconocieron en los días posteriores a la semifinal que la derrota ante La Roja fue la más difícil de procesar en mucho tiempo, no por el marcador sino por la sensación de impotencia de haber sido superados táctica y físicamente por un rival que los neutralizó en cada aspecto del juego durante 90 minutos.
Mbappé fue el símbolo más visible de esa tristeza colectiva: salió del estadio de Dallas en silencio absoluto, sin declaraciones y con la mirada perdida de quien sabe que acaba de perder la oportunidad más grande de su generación de ganar una Copa del Mundo de la manera en que él soñaba. Sin embargo, algo cambió en el entrenamiento del viernes en Miami según los medios franceses: el vestuario recuperó el orgullo herido y decidió convertir la tristeza en motivación para este último partido. Deschamps les habló del legado que quieren dejar, de la medalla que se merecen por todo lo que construyeron durante el torneo y de la responsabilidad de representar a Francia con la dignidad de siempre. Esta tarde en el Hard Rock Stadium, los Bleus saldrán a demostrar que aunque la final no fue para ellos, el podio del mejor Mundial de la historia sí lo será.




