La falta de agua en la Amazonía alcanzó uno de sus momentos más críticos con la histórica bajada del río Negro en Manaos, Brasil. Las mediciones oficiales confirmaron que, durante la gran sequía de 2024, el río descendió hasta niveles nunca antes registrados desde el inicio de los controles modernos, superando incluso los récords negativos establecidos apenas un año antes.
El fenómeno no solo transformó el paisaje de la mayor ciudad de la Amazonía brasileña. La caída del nivel del río dificultó el transporte de personas y mercancías, aisló comunidades ribereñas, complicó el acceso a alimentos y otros suministros y aumentó la preocupación sobre la seguridad energética y la capacidad de respuesta de una región que depende profundamente de sus ríos.
De acuerdo con el Servicio Geológico de Brasil y otras instituciones oficiales, la situación se convirtió en una de las señales más evidentes de la gravedad que pueden alcanzar las sequías extremas en la cuenca amazónica.
Un récord tras otro: el río Negro descendió a niveles sin precedentes
El río Negro es uno de los principales cursos de agua de la cuenca amazónica y tiene una importancia fundamental para Manaos, ciudad de millones de habitantes situada en el estado brasileño de Amazonas.
El 4 de octubre de 2024, las mediciones oficiales registraron una cota de 12,66 metros en Manaos, superando el anterior mínimo histórico de 12,70 metros, registrado en 2023. Sin embargo, la situación continuó deteriorándose durante los días siguientes.
El 12 de octubre, el Servicio Geológico de Brasil informó que el río había llegado a 12,26 metros, la menor marca registrada en los 122 años de monitoreo disponibles en la estación de Manaos.
La comparación permite dimensionar la rapidez con la que se han sucedido los extremos. Durante décadas, algunas de las sequías más severas habían quedado asociadas a años como 1963 y 2010. Sin embargo, 2023 rompió el récord histórico y, apenas un año después, 2024 volvió a establecer una marca todavía más baja.
Para los especialistas, la sucesión de eventos extremos en tan poco tiempo es especialmente preocupante porque muestra una Amazonía sometida a una presión climática cada vez mayor.
Una sequía que paralizó parte de la vida en la Amazonía
En una región donde los ríos funcionan como verdaderas carreteras, la falta de agua puede convertirse rápidamente en una crisis humanitaria y económica.
Miles de personas que viven en comunidades ribereñas dependen de embarcaciones para desplazarse, recibir alimentos, acceder a servicios médicos o transportar mercancías. Cuando el nivel del agua cae de manera extrema, algunos trayectos se vuelven imposibles o mucho más lentos y costosos.
Durante la sequía de 2024, las autoridades de Amazonas declararon situaciones de emergencia en numerosos municipios. En Manaos, la sequía afectó barrios urbanos y decenas de comunidades rurales y ribereñas; varias de ellas quedaron aisladas por las dificultades para navegar.
El impacto se extendió mucho más allá de la capital. La sequía afectó diferentes ríos de la cuenca amazónica, mientras numerosas localidades enfrentaban problemas para mantener sus conexiones habituales con el resto del territorio.
Reuters informó que más de medio millón de personas se vieron afectadas en el estado de Amazonas y que los bajos niveles de los ríos alteraron tanto el transporte de suministros esenciales como las actividades económicas de la región.
Manaos y su dependencia de los ríos
Manaos es uno de los principales centros urbanos y económicos de la Amazonía. A pesar de su tamaño, su ubicación en plena selva hace que las conexiones fluviales sean fundamentales para el abastecimiento de la ciudad y para el funcionamiento de su actividad comercial e industrial.
El descenso del río Negro dificultó la navegación de embarcaciones de carga y pasajeros. Esto afectó la llegada de productos e insumos y también complicó el movimiento de mercancías relacionadas con la actividad industrial de la Zona Franca de Manaos.
La Agencia Nacional de Aguas y Saneamiento Básico de Brasil ya había advertido durante la sequía de 2023 que el bajo nivel del río comprometía el transporte de cargas y pasajeros y dificultaba la llegada de insumos y el envío de mercancías desde la región.
Cuando un río como el Negro pierde gran parte de su profundidad navegable, el problema no se limita a las embarcaciones que quedan detenidas. Las empresas deben adaptar rutas, reducir la carga transportada o buscar alternativas más costosas. Para las comunidades aisladas, las consecuencias pueden ser todavía más graves, especialmente cuando se trata de alimentos, medicamentos, combustible y agua potable.
¿Está en riesgo el suministro hidroeléctrico de Manaos?
La sequía también volvió a poner sobre la mesa una preocupación estratégica: la vulnerabilidad del sistema energético amazónico frente a períodos prolongados de escasez de agua.
Es importante precisar que el río Negro no es, por sí solo, la fuente directa de toda la electricidad consumida por Manaos, y que el sistema energético de la región combina diferentes fuentes y conexiones. Sin embargo, la disponibilidad de agua sigue siendo fundamental para una parte importante de la generación eléctrica amazónica.
La central hidroeléctrica de Balbina, ubicada en el estado de Amazonas, cuenta con una capacidad instalada de 250 megavatios y es responsable del abastecimiento de una parte importante de Manaos y del estado.
Por ello, las sequías prolongadas representan un desafío para la planificación energética. Una reducción persistente de las lluvias y de los caudales puede afectar los embalses, limitar la generación hidroeléctrica y aumentar la dependencia de otras fuentes de energía.
La crisis de 2024 también evidenció que el problema no es exclusivo de Manaos. En otras zonas de la Amazonía, la reducción extrema del caudal de los ríos obligó a las centrales hidroeléctricas a adaptar sus operaciones y a buscar nuevas estrategias para mantener la generación durante períodos de sequía.
Además, análisis recientes sobre la región advierten que la reducción de los caudales puede representar un riesgo creciente para la capacidad de generación hidroeléctrica amazónica en las próximas décadas si los sistemas energéticos continúan dependiendo de patrones climáticos históricos que están cambiando.
Una crisis que también amenaza el suministro de agua y alimentos
La sequía extrema no solo afecta la generación de energía y el transporte. También puede comprometer el acceso al agua en comunidades que dependen directamente de los ríos.
Cuando los niveles descienden, las tomas de agua pueden enfrentar dificultades operativas y algunas poblaciones deben recorrer mayores distancias para conseguir agua apta para el consumo. Al mismo tiempo, la reducción de la navegación dificulta el envío de agua potable y otros suministros hacia comunidades aisladas.
El problema alimentario también se intensifica. Muchas poblaciones amazónicas dependen de la pesca y del transporte fluvial para obtener alimentos. La reducción de los niveles del agua altera los ecosistemas acuáticos y puede afectar la disponibilidad de peces.
La sequía de 2024 golpeó además ecosistemas especialmente sensibles. Reuters informó sobre niveles extremadamente bajos en distintos ríos amazónicos y sobre graves consecuencias para ambientes acuáticos, incluidos sectores afectados por la reducción o desaparición temporal de cuerpos de agua.
El cambio climático y la repetición de los eventos extremos
La sequía amazónica se desarrolló en un contexto climático complejo. La variabilidad natural, las altas temperaturas y fenómenos oceánico-atmosféricos pueden influir en las lluvias de la región, pero los científicos y organismos que han analizado las recientes crisis también advierten sobre el papel del cambio climático en la intensificación de los fenómenos extremos.
La Amazonía funciona como un gigantesco sistema de reciclaje de humedad. Los árboles liberan vapor de agua a la atmósfera, que contribuye a la formación de lluvias dentro y fuera de la región. Cuando las precipitaciones disminuyen y la vegetación sufre estrés, el sistema puede entrar en un círculo de mayor vulnerabilidad.
Las altas temperaturas aumentan la evaporación y secan la vegetación. A su vez, las condiciones más secas favorecen los incendios forestales, mientras la degradación y la deforestación pueden debilitar la capacidad del bosque para conservar y reciclar humedad.
Reuters señaló durante la crisis de 2024 que la sequía estaba vinculada a condiciones climáticas extremas y que investigadores identificaban el cambio climático como un factor fundamental en la intensificación de estos eventos.
De la inundación extrema a la sequía extrema
Uno de los aspectos más preocupantes para la Amazonía es la creciente sucesión de extremos hidrológicos.
Manaos y otras zonas de la cuenca han experimentado históricamente grandes crecidas, pero también sequías. El problema actual es que los registros recientes muestran una alternancia de fenómenos cada vez más intensos.
Los datos del Servicio Geológico de Brasil reflejan esta amplitud. En Manaos, mientras el río Negro alcanzó niveles máximos superiores a los 30 metros en algunos años, la sequía de 2024 lo llevó a una mínima histórica de poco más de 12 metros según la escala de medición local.
Esta diferencia no significa que el río haya perdido físicamente la misma cantidad de profundidad en todos sus puntos, ya que las cotas dependen de las estaciones de medición. Sin embargo, ilustra la enorme variabilidad a la que está sometido el sistema.
Para las autoridades, esto obliga a mejorar los sistemas de alerta, la planificación del transporte, la gestión de los recursos hídricos y la preparación de las ciudades y comunidades frente a eventos cada vez más extremos.
Una advertencia para toda la Amazonía
La crisis del río Negro dejó una imagen difícil de ignorar: embarcaciones detenidas sobre zonas que antes estaban cubiertas por agua, extensas áreas de orilla expuestas y comunidades aisladas en una región donde el río es parte esencial de la vida cotidiana.
El episodio de 2024 fue especialmente significativo porque superó el récord establecido apenas un año antes. La marca de 12,26 metros registrada en Manaos se convirtió en la más baja de los 122 años de observaciones disponibles, consolidando dos años consecutivos de sequías históricas.
Aunque posteriormente el nivel del río comenzó a estabilizarse y a recuperarse con el regreso gradual de las lluvias, la crisis dejó una advertencia clara: la recuperación temporal del agua no elimina las causas estructurales de la vulnerabilidad amazónica.
La falta de agua en la Amazonía ya no puede entenderse únicamente como un problema ambiental. El descenso extremo de los ríos afecta el transporte, la economía, el suministro de alimentos y agua, la salud de los ecosistemas y la seguridad energética de millones de personas.
Manaos se convirtió en uno de los principales símbolos de esta crisis. Lo ocurrido en el río Negro demuestra hasta qué punto una sequía extrema puede alterar el funcionamiento de una gran ciudad amazónica y plantea una pregunta que será cada vez más importante en los próximos años: ¿están preparadas las sociedades amazónicas para enfrentar sequías que podrían repetirse con mayor frecuencia e intensidad?
Los récords consecutivos de 2023 y 2024 sugieren que esta pregunta ya no pertenece únicamente al futuro. Para una parte importante de la Amazonía, la respuesta deberá construirse desde ahora, mediante una mejor gestión del agua, sistemas de alerta más eficientes, protección de los bosques y una planificación capaz de responder a un clima cada vez más extremo.




