Este año los colombianos viviremos dos de sus eventos más sagrados, solemnes y, por supuesto, más gritados: las elecciones al Congreso y la Presidencia de la República y el Mundial de Fútbol. Hablamos de dos acontecimientos que, aunque parecen distintos, tienen algo en común: durante ambos, absolutamente todos los colombianos nos convertimos en expertos certificados, con doctorado honoris causa, en ciencia política y dirección técnica de selecciones.
No es mentira, arranca el año electoral y, mágicamente, el país se llena de politólogos. El vecino que ayer no sabía quién era su representante a la Cámara hoy anuncia con sapiencia, cuáles serán los candidatos nariñenses que ocuparán esas 5 curules y, de ñapa, explica las razones por las que se convertirán en los más votados, este 8 de marzo.
Es así como en las cafés del entorno de la Plaza de Nariño, en los buses y hasta en los grupos familiares de WhatsApp aparecen análisis profundísimos como: “ese candidato roba, pero hace” o “yo no voto, pero igual opino”. Las discusiones se vuelven tan intensas que una amistad de veinte años puede romperse por un meme mal enviado.
Mientras tanto, el Congreso se elige con la misma emoción con la que se escoge técnico nuevo: con desconfianza, esperanza y resignación. Todos sabemos cómo deberían legislar, qué proyectos aprobar y a quién investigar primero. Si algo sale mal, no es culpa nuestra, es que “el pueblo no despierta”.
Y como si la tensión política no fuera suficiente, llega el Mundial. Ahí el colombiano promedio hace una transición natural: guarda el discurso político y saca la pizarra táctica. De pronto, todos sabemos más que el entrenador. El esquema no sirve, el cambio fue tarde, el arquero estaba mal parado y “ese gol lo hacía cualquiera”. Da igual si el partido es en Europa o a las tres de la mañana: Colombia no duerme cuando hay fútbol y los comentarios se polarizan en torno al entrenador de la Selección Nacional, a quien, desde este momento, cada hincha le está recomendando la mejor alineación para enfrentar al poderoso Portugal de Cristiano Ronaldo.
Lo maravilloso es que la misma persona que exige transparencia absoluta en política justifica una falta en el área diciendo: “eso no era penal”. La objetividad se toma vacaciones. El VAR es una conspiración y el árbitro siempre está comprado, como ya se anticipa ocurrirá con miles de electores en marzo y mayo,
Así, entre urnas y balones, Colombia avanza. Un país donde se debate con pasión, se critica con creatividad y se opina, sin que a nadie se le haya pedido su punto de vista.
Tal vez no seamos potencia mundial, pero en algo sí somos campeones indiscutibles: en hablar de política y fútbol como si el destino del planeta dependiera de nuestra opinión. Y eso, hay que admitirlo, también es identidad nacional.




