JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ
Confieso que estoy bailando en una pata. Este jueves se inaugura un nuevo Mundial de Fútbol y, para quienes hemos medido buena parte de nuestra vida en ciclos de cuatro años, pocas noticias pueden resultar más emocionantes. Los mundiales no son solamente campeonatos deportivos. Son estaciones de la memoria, puntos de referencia donde se mezclan la alegría, la ilusión, las amistades, las conversaciones familiares y, por supuesto, los sueños de todo un país.
Mi primer recuerdo mundialista me lleva hasta Chile 1962. Era apenas un niño, pero todavía conservo grabado en la memoria aquel extraordinario empate 4-4 de Colombia frente a la poderosa Unión Soviética. Los soviéticos contaban nada menos que con Lev Yashin, considerado el mejor arquero de todos los tiempos. Y fue precisamente en ese partido donde Marcos Coll escribió una página inmortal del fútbol al marcarle un gol olímpico, el único que se ha conseguido en toda la historia de los mundiales. Años después comprendí la dimensión de aquella hazaña, pero incluso entonces supe que había presenciado algo irrepetible.
Ya más grandecito, otro recuerdo quedó tatuado para siempre. Fue en Italia 1990, cuando Colombia empató agónicamente frente a Alemania. Todavía me emociono al recordar aquella jugada mágica en la que Carlos Valderrama filtró un pase magistral para que Fredy Rincón definiera con una serenidad asombrosa. Ese gol no solo nos clasificó a la siguiente ronda; también nos hizo sentir que Colombia podía mirar de frente a las grandes potencias del fútbol mundial.
Y cómo olvidar el Mundial de Brasil 2014. El golazo de James Rodríguez contra Uruguay sigue siendo, para mí, una de las imágenes más hermosas que ha producido el fútbol colombiano. Aquella volea perfecta paralizó al país y nos hizo creer que cualquier sueño era posible. Fue una selección brillante, alegre y talentosa.
Siempre he pensado que las mejores selecciones colombianas fueron precisamente las de Italia 1990 y Brasil 2014. En ambas ocasiones tuve la sensación de que acariciamos la gloria. La vimos muy cerca, casi al alcance de la mano, pero por alguna razón no logramos sujetarla. Nos faltó un poco de fortuna, un detalle, un instante decisivo.
Por eso recibo este nuevo Mundial con la misma emoción de aquel niño que escuchaba los partidos por radio y del adulto que todavía se estremece con los grandes momentos de nuestra selección. El fútbol tiene esa maravillosa capacidad de devolvernos la esperanza.
Y quién sabe. De pronto ahora sí nos suena la flauta.


