Los nariñenses desde hace ya bastante tiempo soportan una difícil situación económica, la cual parece agudizarse cada vez que se inicia un año escolar.
Los padres de familia protestan con justa razón en estos tiempos de “bonanza” escolar porque el salario que devengan no les alcanza para satisfacer esa inmensa cantidad de caprichos que les nacen a las directivas y profesores de las instituciones y centros educativos.
Escuelas y colegios en complicidad con los educadores exigen que se compren para estudiantes uniformes de determinadas marcas y llamativos colores en almacenes especiales, textos con carátula nueva, por cuanto la que tenía el libro del hermano mayor ya paso de moda, entre otras arandelas que se les ocurre.
Lastimosamente, en nuestro sistema educativo los padres de familia están en la obligación de dotar a sus hijos de los anteriores requisitos para que puedan asistir a un aula escolar y recibir así la tan deseada educación.
No cabe duda que acceder a la enseñanza en nuestro país resulta demasiado costoso. Por ello, quizás muchos padres de familia se abstienen de brindar, por más que quieran, una adecuada preparación educativa a sus hijos.
Luego que nuestros gobernantes no se lamenten del elevado índice de analfabetismo que exista, ni que traten de cautivar a las personas diciendo que: “el subdesarrollo que embarga a Colombia y, este caso a Nariño, se debe a la falta de conocimientos que tienen sus habitantes sobre la riqueza de los recursos naturales que existen a su alrededor”.
De nada sirve vivir sobre una inmensa riqueza natural si no se cuenta con los medios, ni las capacidades intelectuales y tecnológicas para poderla explotar. Es el momento en que nuestros gobernantes, autoridades educativas, directivos de instituciones y centros educativos y educadores sepan que la “verdadera riqueza no reside en los campos o en las minas, sino en la mente de los hombres, y la manera de explotar esa riqueza es a través de la educación”.
Por eso, es necesario que también se den cuenta que educar es despertar al educando en dirección de su propia vida, de su propia libertad, porque la vida es algo que cada cual se hace desde sus propias premisas, hacia sus propios fines.
Si el educador quiere “educar” desencadena un proceso al término del cual el discípulo piensa y actúa en otra forma que él. “Dar educación es dar libertad y admitir, por ello, que se la puede usar en un sentido diferente de las preferencias del educador”.
Muchas veces se dice que la mejor inversión que un padre puede hacer es la de brindar educación a sus hijos; pero, entonces, hay que tener en cuenta que la verdadera educación supone que se les da la libertad de no ser como el educador quisiera que fuesen, toda vez que no hay motivación más poderosa que saberse en posesión de la propia vida. De ahí que” pueblos libres, pueblos motivados. Pueblos motivados, pueblos que se educan en dirección del desarrollo”.
Por consiguiente, si las instituciones y centros educativos a través de sus directivos y docentes exigen a los estudiantes una inmensa cantidad de elementos educativos, es porque de seguro saben lo que verdaderamente significa la palabra educar.
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