Gracias a la colaboración de Médicos sin Fronteras, hoy podemos conocer testimonios de primer mano de lo que está pasando con las personas que han tenido que salir de sus hogares en el Triángulo del Telembí que comprende los municipios de Roberto Payán, Magüí y Barbacoas.
Aumenta el drama de los desplazados en la costa pacífica de Nariño, en una situación de extrema gravedad, de acuerdo con lo que manifiestan los desplazados.
Agustina es una líder social que vivía en una vereda cercana a Roberto Payán. Allí cultivaba maíz, tenía gallinas y una casa en la que vivía con su esposo y sus dos hijos.
En mayo, sin embargo, tuvo que madrugar, empacar maletas y tomar una lancha a la cabecera de Roberto Payán, llamada San José. “Desde que comenzó este año los grupos armados comenzaron a enfrentarse a tiros cerca de nuestra vereda. Pasaron los meses y ya en abril estaban instalados en nuestras casas, llegaban con heridos, daban órdenes. Para los niños esto fue terrible y cuando comenzaron a sembrar minas antipersonales decidimos venir al municipio a buscar ayuda”, señaló.
Agustina cuenta su caso desde un albergue que no tiene agua potable y difícilmente su familia puede tener tres comidas al día.
Allí, una sola letrina la comparten cerca de 20 personas. Duerme con su esposo y sus hijos en un espacio de tres metros cuadrados. Pese a que han pasado cuatro meses, Agustina y su familia aún no tienen certeza sobre lo que sucederá en los próximos meses, pues en las veredas se han instalado nuevos grupos armados y solamente en el primer semestre de este año tres líderes sociales fueron asesinados y 10 fueron desplazados.
“No podemos volver”
En los últimos dos meses nueve familias de la vereda de Agustina han llegado al albergue.
“Todas tuvieron que salir por enfrentamientos. El ambiente ya se ha puesto muy pesado y es preferible estar acá apeñuscados que en medio de los grupos. Ahora que estamos todas las familias acá, estamos pensando en pedirle al gobierno que nos ayude con vivienda así sea en cabecera porque a nuestras veredas no podremos volver en mucho tiempo, nos da miedo”, expresó.
Incluso, Agustina señala que las familias están dispuestas a ofrecerse como ayudantes en construcción de las casas.
“La verdad necesitamos hacer algo y los jóvenes también. Nosotros agradecemos las ayudas, pero la verdad queremos trabajar”.
Algunas familias, como dice Agustina, sí quieren regresar porque nunca en sus vidas las habían desplazado y tras años de trabajo lograron comprar una parcela de tierra.
“Para muchas familias las condiciones dignas están en sus territorios, no aquí. Y muchas están cansadas de que aquí se dependa siempre de alguna ayuda para comer, bañarse o tomar agua”.
El miedo a regresar, sin embargo, es latente y los albergues se van llenando cada semana con nuevas familias.
“No tenemos ni agua”
Hoy cumplimos 60 días, dice James cuando se le pregunta sobre el tiempo que lleva en el albergue con su familia. Responde inmediatamente, esperando que el conteo termine pronto.
La razón por la cual llegó con su esposa y su hijo al albergue también la explica tajantemente: “Hubo un enfrentamiento cerca de nuestra casa, eso fue todo”. James estaba acostumbrado a trabajar en fincas y conocía hace años a las 26 familias de la vereda que hoy están en diferentes albergues municipales.
“Antes pasábamos necesidades, pero nada como esto de no tener agua para tomar o implementos de aseo”.
Peor que el Covid-19
Se escucha a alguien toser en el albergue. ¿Y el Covid-19, señor James? “Ah, eso, pues como que dos señores ya muy viejos murieron de eso, pero si soy sincero muchas familias no tenemos cabeza para eso ahora, tenemos que ver cómo sobrevivir día a día, como llevarle agua buena a los niños”.
A la familia de James la habían desplazado hace 15 años por el conflicto entre grupos armados, por lo cual llegaron a una vereda a Roberto Payán buscando trabajo como jornaleros. Para él una casa en la cabecera del municipio no sería una solución.
“Nosotros vivimos de cultivar en las veredas, allá la tierra es muy buena, pero si no nos dejan entrar no ganamos nada con tener una casa si no la podemos sostener”.
Terrible drama
El hijo de James, de 10 años, le pregunta todos los días cuándo van a regresar a su casa. Tanto James como su esposa se quedan en silencio. Decirle una fecha sería crear una ilusión que no tiene ningún soporte en la realidad pues, como se ha evidenciado, en las veredas el control lo han tomado los grupos armados y tienen planeado quedarse un buen tiempo.
“La verdad que uno no sabe qué poner a hacer al niño porque acá es hasta difícil conseguir una pelota de fútbol. Tampoco hay clases, todo se suspendió y la verdad es que estamos cansados, ni siquiera tenemos trabajo”.
El problema de regresar dice James, es que no hay certezas sobre quién es el que manda en los territorios.
“Antes todo dependía de un grupo armado que daba permiso para trabajar, para cultivar, para salir de la vereda. De unos años para acá hay muchos grupos, entonces si usted le da una comida a un soldado de un grupo, luego llega otro y dice que usted es colaborador y así fácil lo pueden matar a uno. En la vereda todas las familias nos hemos acompañado, pero con los grupos algunas comenzaron a alejarse por miedo y el ambiente se puso muy pesado”.
Situación difícil
James espera que se solucione de inmediato el problema del agua potable y que se pueda conseguir proteína para los niños.
“Desde el albergue muchas familias nos hemos unido y hemos logrado cosas, como tener cocinas, colchonetas y eso…pero la situación sigue difícil, sobre todo porque no hay acceso a salud, educación o empleo. A nosotros nos da miedo que los jóvenes terminen en los grupos armados por el desespero”.

