El académico húngaro Ernő Rubik solicitó la patente de su invento en 1975. Lo que entonces no pudo imaginar era que su ingeniosa herramienta didáctica se convertiría en un fenómeno mundial.
Quizá no sorprenda que, con su brillante diseño, el Cubo de Rubik -que trasciende idiomas, edades y orígenes y que no requiere instrucciones- se haya convertido en un icónico éxito de ventas.
Además de ser portátil y que puede resolverse de innumerables maneras.
Ernő Rubik no se dio cuenta de lo que tenía entre manos cuando inventó su ingenioso y desconcertante rompecabezas de colores.

Ni siquiera pensó si el cubo, que acabaría haciendo famoso su nombre en todo el mundo, tendría éxito.
La arquitectura como impulso
En un principio, Rubik no había pensado en un cubo como juguete sino como herramienta didáctica para sus alumnos.
En 1974, cuando era profesor de arquitectura en la Escuela Superior de Artes Aplicadas de Budapest
Por eso quiso crear algo con lo que los estudiantes pudieran jugar y que les hiciera pensar de manera creativa sobre las formas geométricas y las relaciones espaciales.
El objetivo de Rubik era hacer algo táctil y móvil, que fuera lo bastante sencillo para que sus alumnos lo entendieran, pero que tuviera algún tipo de dificultad a la hora de resolverlo.
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