En el mundo moderno, según algunos estudios, hay personas que “trabajan” solo por alcanzar objetivos inmediatos, que no impliquen costos ni esfuerzos. Escogen, de modo especial, lo que resulta fácil, rápido, gratificante, así sea ilegal.
Sin embargo, existen metas difíciles de conseguir, que exigen un especial esfuerzo, incluso que solo pueden alcanzarse si se superan grandes retos y dificultades
Pensemos un momento, por ejemplo, en lo que implica atender y cuidar a personas ancianas, o a enfermos crónicos, o a quienes sufren diversos tipos de problemas mentales.
O pensemos en profesiones que exigen una gran cantidad de estudios, horas y horas de prácticas que implican a veces mucha abnegación, grandes sacrificios y dedicación.
O pensemos también en quienes buscan alcanzar una meta incluso en medio de la oposición de familiares, amigos, y otras personas que hacen difícil llegar a los objetivos propuestos.
Cuando el amor hacia una buena meta choca con problemas de tiempo, de dinero, de cansancio, de conflictos con otros, es fácil renunciar: ¿para qué seguir en la lucha? ¿No resulta mejor rendirse y escoger algo más fácil?
Si todas las personas pensaran de esta manera, miles de metas buenas quedarían asfixiadas por lo cómodo, lo agradable, lo que responde mejor a la pereza, al miedo, a los gozos inmediatos.
Así mismo, nos damos cuenta que millones de seres humanos han perseguido y persiguen buenas metas en medio de enormes dificultades, simplemente porque tienen claras sus prioridades y, sobre todo, porque su amor es verdadero.
Una de las características del amor auténtico consiste precisamente en luchar y luchar sin rendirse por alcanzar un ideal amado, que coincide en muchos casos con el bien de familiares, amigos, e incluso de otras personas que se benefician de tantos esfuerzos sinceros.
Cuando en nuestra vida percibamos el atractivo de una buena meta y la existencia de barreras que la hacen difícil, necesitamos armarnos de un gran valor para que, de verdad, no nos detengamos ante la prueba, la enfrentemos y demos lo mejor de nosotros para salir victoriosos.
Entonces veremos, con sorpresa, que una vida entre luchas y sacrificios brilla con especial belleza, precisamente porque se ha orientado a metas que valen la pena.
Entre esas metas brilla con fuerza la única plenamente buena: Darse a Dios y a los otros con todo el corazón y todas las fuerzas.

