Los evangelios nos revelan que Cristo se acercó con amor a los enfermos que imploraban la salud y sanó a muchos de ellos. Además de acuerdo a los textos bíblicos, Jesús se identifica con el aquejado, sin importarle quién sea, o que tenga la enfermedad que sea, o haya tomado una determinada actitud.
En efecto, cada enfermo es imagen de Jesús crucificado, aunque el mismo afectado no lo sepa o más aún, aunque no lo haya aceptado. Por eso Jesús nos manda asistir al enfermo. Al visitarlo y compartir con él, podemos descubrir el rostro sufriente de Cristo.
La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el ser humano experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
Con una motivación exterior, aunque muy significativa, nos señala el libro del Eclesiástico, el valor de visitar al enfermo, diciendo: “No dejes de visitar al enfermo, porque con estas obras te harás querer”. Cristo le da a esta obra de misericordia un sentido más valioso de imitación a él, para llenar nuestras manos de obras buenas que nos acompañan hacia la vida eterna. El que hace la visita al enfermo debe descubrir, en su encuentro con el que sufre, un camino y una interpelación que lo asemeje más con Cristo, quien “siendo rico se hizo pobre”.
Jesús nos pide atender, visitar y tomar muy en cuenta a cada persona enferma. Es una obra de misericordia, es en realidad un deber. Aquí se aplica el dicho: Hoy por ti, mañana por mí. Por eso es muy importante que comprendamos la dimensión cristiana del sufrimiento humano.
La fe cristiana sostiene que el sufrimiento humano adquiere un valor trascendente que, unido a la pasión y muerte de Cristo en la cruz, libera al ser humano, le auxilia en la reparación de los pecados y lo prepara para gozar de la vida eterna
El dolor físico es ciertamente un elemento inevitable de la condición humana. A nivel biológico, constituye un signo cuya utilidad es innegable. Por lo tanto, debemos cuidar nuestra salud para servir con mayor amor y disponibilidad en las responsabilidades que se nos han encomendado. Todos admiramos a quienes se dedican al cuidado y la atención de los enfermos. Y aprendemos a valorar cada día más la oración por los que sufren, tarea inagotable de la Iglesia, la cual invita, sin cesar, a seguir el camino del servicio a los hermanos.
Hay que resaltar también, de acuerdo al pensamiento bíblico, la vocación especial de quienes participan en los sufrimientos de Cristo. A esta gracia especial deben su profunda conversión muchos santos, como por ejemplo san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, etc. Cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente inhábil y el individuo humano se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo una lección conmovedora para los seres humanos sanos y normales. Los enfermos y quienes los acompañan están llamados, de manera particular, a unirse a Cristo crucificado, el cual sufrió por amor a la humanidad entera.

