La falta de agua impulsa nuevas estrategias para el campo
La disponibilidad de agua se ha convertido en uno de los principales desafíos para la agricultura del sur de España. En Andalucía, una de las regiones españolas con mayor peso del regadío y, al mismo tiempo, especialmente expuesta a periodos de escasez hídrica, comunidades de regantes y productores están recurriendo a nuevas infraestructuras para almacenar agua y hacer más previsible el suministro durante los meses de mayor demanda.
Entre las soluciones se encuentran las balsas de riego o embalses agrícolas, depósitos construidos para almacenar agua que posteriormente puede utilizarse en las explotaciones. Algunas de estas instalaciones permiten aprovechar las precipitaciones y la escorrentía superficial, reduciendo la necesidad de depender exclusivamente de las extracciones de aguas subterráneas.
No se trata simplemente de construir grandes presas. En muchos casos son reservorios de carácter agrícola, diseñados específicamente para regular el agua destinada al riego y utilizarla cuando los cultivos la necesitan.
La estrategia responde a un problema cada vez más complejo: las precipitaciones pueden concentrarse en determinados episodios, mientras que los periodos secos pueden prolongarse durante semanas o meses. Almacenar parte de ese recurso permite convertir lluvias puntuales en una reserva disponible posteriormente.
Andalucía, en el centro del desafío hídrico
Andalucía posee una enorme diversidad agrícola. En sus campos se producen, entre otros cultivos, aceite de oliva, frutas, hortalizas y cítricos, además de productos destinados tanto al mercado español como a la exportación.
El agua es especialmente importante para numerosas explotaciones de regadío, ya que permite mantener la producción durante los periodos en los que las precipitaciones naturales no son suficientes.
El Ministerio para la Transición Ecológica mantiene sistemas de seguimiento específicos para analizar la sequía prolongada y la escasez coyuntural. Estos dos conceptos no son exactamente iguales: la sequía prolongada se relaciona con la falta persistente de precipitaciones, mientras que la escasez se refiere a las dificultades para satisfacer las demandas de agua.
La situación tampoco es idéntica en todo el territorio. Las condiciones pueden cambiar considerablemente entre cuencas y provincias. Por eso, las soluciones para garantizar el agua agrícola no dependen de una única infraestructura, sino de una combinación de almacenamiento, modernización de regadíos, reutilización y una gestión más eficiente.
¿Qué son exactamente los embalses agrícolas?
Aunque popularmente pueden denominarse «embalses», en el ámbito agrícola es frecuente hablar de balsas de riego.
Son estructuras destinadas a almacenar agua para utilizarla posteriormente en los cultivos. Pueden ser de diferentes tamaños y diseños y, dependiendo del proyecto, contar con sistemas de impermeabilización, bombeo, filtrado, telecontrol y distribución.
Su función principal es regular la disponibilidad del agua.
En lugar de utilizar inmediatamente toda el agua disponible cuando se produce una precipitación o cuando llega agua procedente de otra fuente, el sistema permite almacenarla y disponer de ella posteriormente.
Esto adquiere especial importancia durante el verano, cuando las temperaturas son elevadas y las necesidades hídricas de muchos cultivos aumentan.
Un ejemplo concreto se encuentra en el Llano de Zafarraya, en Granada, donde la Comunidad de Regantes Llano de Zafarraya «La Volaera» impulsó una balsa con una capacidad de 450.000 metros cúbicos. El proyecto fue diseñado para almacenar agua procedente de pozos y aguas pluviales y beneficiar una superficie de unas 225 hectáreas.
Zafarraya: un ejemplo de aprovechamiento del agua de lluvia
El caso de Zafarraya permite entender cómo funciona este modelo en la práctica.
La infraestructura contempla la recogida y decantación de aguas procedentes de la escorrentía para contribuir al llenado de la balsa. El agua puede posteriormente regularse y utilizarse para las necesidades agrícolas.
El proyecto también incorporó un depósito de regulación de 8.000 metros cúbicos y sistemas de impermeabilización y telecontrol. La planificación contemplaba disponer de una reserva que ayudara a garantizar el riego durante los meses centrales del verano, especialmente julio, agosto y septiembre.
Además, la actuación buscaba disminuir la presión sobre el acuífero de la zona. La documentación oficial señala que el aprovechamiento de aguas pluviales permitiría sustituir parte de la extracción de agua del subsuelo y contribuir a evitar su sobreexplotación.
Este tipo de proyectos muestra que el objetivo no consiste únicamente en «guardar agua», sino en cambiar la forma en la que se administra el recurso durante todo el año.
De aprovechar la lluvia a almacenar una reserva
Uno de los elementos más importantes de estas infraestructuras es la capacidad de aprovechar episodios de lluvia que, de otro modo, podrían generar escorrentías y abandonar rápidamente la zona agrícola.
Cuando se producen precipitaciones intensas, una parte del agua puede circular por la superficie del terreno. Mediante infraestructuras adecuadas, es posible conducir y recoger parte de ese recurso, someterlo a procesos de decantación y almacenarlo.
Posteriormente, esa reserva puede utilizarse para el riego.
La idea es sencilla:
lluvia → recogida → almacenamiento → regulación → riego
El sistema, sin embargo, requiere planificación técnica. La construcción de una balsa debe considerar factores como la capacidad de almacenamiento, las características del terreno, la impermeabilización, la entrada y salida del agua, la seguridad de la infraestructura y la calidad del recurso.
Por esa razón, estas obras forman parte de proyectos de gestión hídrica y modernización del regadío, y no deben entenderse simplemente como grandes depósitos excavados en el terreno.
Menor dependencia de los acuíferos
Uno de los argumentos más importantes a favor de las balsas agrícolas es que pueden contribuir a diversificar las fuentes de agua.
En determinadas zonas agrícolas, las aguas subterráneas han desempeñado durante décadas un papel fundamental. Sin embargo, cuando las extracciones superan la capacidad de recuperación natural de un acuífero, puede producirse una situación de sobreexplotación.
El proyecto de Zafarraya, precisamente, planteó el almacenamiento de agua de lluvia como una manera de reducir la presión sobre el agua subterránea.
Esto no significa que una balsa pueda solucionar por sí sola los problemas de un acuífero. La extracción sostenible depende de muchos factores y requiere control administrativo y científico. Sin embargo, contar con fuentes complementarias puede reducir la dependencia de una única reserva.
La modernización del regadío gana importancia
El almacenamiento es solamente una parte de la estrategia.
Otra de las grandes líneas de actuación en España es la modernización de las redes de regadío para conseguir que una mayor proporción del agua disponible llegue efectivamente a los cultivos.
En julio de 2026, el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación anunció 11 nuevos convenios para modernizar regadíos en Andalucía, con una inversión de 138,3 millones de euros. Los proyectos afectan a unas 102.495 hectáreas y benefician a 14.490 regantes de las provincias de Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Jaén y Sevilla. Las actuaciones incluyen medidas destinadas a mejorar la eficiencia en el uso del agua, incorporar energías renovables y avanzar en la digitalización del riego.
La inversión programada por el Gobierno de España para la modernización de regadíos en Andalucía alcanzaba entonces los 522 millones de euros.
Esto demuestra que la respuesta al estrés hídrico está evolucionando hacia un modelo más amplio: no basta con buscar más agua, sino que también se intenta aprovechar mejor la que ya está disponible.
Andalucía también apuesta por reutilizar el agua
Las balsas de almacenamiento no son la única alternativa.
Otra estrategia que está adquiriendo importancia es la utilización de aguas regeneradas, es decir, aguas residuales que reciben tratamientos adecuados para poder ser reutilizadas en determinados usos.
En junio de 2026, el Ministerio de Agricultura señaló que el agua regenerada representaba aproximadamente el 1,6 % del agua utilizada en la agricultura española, con más de 57.000 hectáreas irrigadas. El Ministerio también informó de más de 216 millones de euros destinados a 19 actuaciones relacionadas con aguas no convencionales en zonas que incluyen Andalucía.
El objetivo es diversificar las fuentes disponibles y disminuir la dependencia de recursos que pueden resultar especialmente vulnerables durante los periodos secos.
Así, el futuro de la gestión agrícola del agua podría combinar diferentes soluciones:
- almacenamiento de aguas pluviales;
- modernización de las redes de riego;
- sistemas de riego más eficientes;
- reutilización de aguas regeneradas;
- digitalización y telecontrol;
- utilización de energías renovables;
- seguimiento permanente de las reservas.
Un respaldo económico para construir nuevas balsas
La construcción de estas infraestructuras requiere inversiones importantes, por lo que las administraciones también están desarrollando mecanismos de apoyo.
En enero de 2026, la Junta de Andalucía abrió una convocatoria de ayudas para respaldar la construcción de balsas reguladoras de agua destinadas al regadío.
La convocatoria cuenta con un presupuesto plurianual de 12 millones de euros hasta 2027 y está dirigida principalmente a comunidades de regantes y otras comunidades de usuarios vinculadas al regadío.
Según las condiciones publicadas por la Junta, las ayudas pueden cubrir hasta el 100 % de determinados costes unitarios de ejecución de la balsa y el 60 % de los costes de redacción del proyecto y dirección facultativa. Los proyectos deben incorporar, además, actuaciones medioambientales.
El respaldo institucional refleja que la capacidad de almacenamiento se considera una herramienta dentro de la estrategia para mejorar la gestión del agua agrícola.
El desafío: almacenar agua sin aumentar el consumo
Construir una balsa no significa que exista automáticamente más agua disponible.
El almacenamiento permite regular un recurso existente, pero no crea nuevas reservas de agua.
Por eso, los expertos y las administraciones deben equilibrar el almacenamiento con políticas de ahorro, control de extracciones y eficiencia.
Una infraestructura puede ser especialmente útil si permite aprovechar agua que de otro modo se perdería y sustituir fuentes más vulnerables. Pero si simplemente facilita un aumento ilimitado del consumo agrícola, puede trasladar el problema a otra parte del sistema.
La gestión sostenible requiere que el volumen almacenado, las extracciones y las necesidades de los cultivos estén coordinados.
Una respuesta a un clima cada vez más irregular
La discusión sobre el agua en el sur de España está estrechamente vinculada a los efectos del cambio climático.
El Ministerio para la Transición Ecológica explica que, aunque no es posible atribuir automáticamente cada episodio concreto de sequía al cambio climático, las proyecciones y observaciones apuntan a un escenario de aumento de temperaturas y reducción de las precipitaciones medias en buena parte del sur de Europa.
Para la agricultura, esto implica enfrentarse no solamente a la cantidad de lluvia, sino también a cuándo y cómo llega.
Una temporada puede registrar precipitaciones importantes concentradas en pocos episodios y, posteriormente, atravesar largos periodos secos. Para los agricultores, esa irregularidad dificulta la planificación de las campañas agrícolas.
Las balsas permiten introducir un elemento de previsibilidad: guardar parte del agua disponible para utilizarla cuando realmente sea necesaria.
El agua se convierte en una cuestión de planificación
El cambio más importante quizás no esté en las propias balsas, sino en la forma de pensar la gestión agrícola.
Durante décadas, muchas explotaciones dependieron de fuentes de agua relativamente estables. En un escenario de mayor variabilidad climática, la planificación adquiere un papel mucho más importante.
Los sistemas de seguimiento de la sequía en Andalucía utilizan indicadores relacionados con las precipitaciones, los embalses y otros parámetros para determinar el nivel de disponibilidad del recurso y establecer medidas de gestión.
Esto significa que agricultores, comunidades de regantes y administraciones necesitan anticiparse a los periodos de escasez en lugar de esperar a que las reservas alcancen niveles críticos.
Más que una obra, una estrategia para el campo
Los Embalses Agrícolas y las balsas de riego representan una de las piezas de una estrategia mucho más amplia frente al estrés hídrico que afecta al sur de España.
El ejemplo de Zafarraya demuestra cómo una infraestructura puede combinar almacenamiento de aguas pluviales, regulación, sistemas de control y reducción de la dependencia de aguas subterráneas.
Pero el escenario actual apunta hacia una combinación de soluciones. Las nuevas inversiones en modernización de regadíos, la digitalización, las energías renovables y el crecimiento del uso de aguas regeneradas muestran que el sector está intentando adaptarse a una realidad en la que disponer de agua suficiente durante toda la campaña agrícola ya no puede darse por garantizado.
Para los productores del sur de España, almacenar el agua de lluvia significa ganar capacidad de respuesta. Cada reserva puede representar una herramienta para atravesar los meses secos, proteger una cosecha y reducir la presión sobre otras fuentes.
La clave, sin embargo, estará en conseguir que estas infraestructuras formen parte de una gestión integral: captar cuando llueve, almacenar cuando es posible y utilizar el agua con la máxima eficiencia cuando hace falta.
En un territorio donde el agua puede llegar de manera irregular y la demanda agrícola aumenta durante los meses más cálidos, esa capacidad de anticipación puede convertirse en uno de los elementos fundamentales para la agricultura del futuro.



