La decisión del Gobierno de Ecuador de levantar, desde el pasado primero de junio, los aranceles que gravaban a los productos colombianos representa una señal positiva para la recuperación del comercio binacional y para el fortalecimiento de las históricas relaciones entre dos naciones hermanas.
Sin embargo, lamentablemente, la medida ha quedado incompleta debido a la falta de reciprocidad por parte de Colombia, que mantiene vigentes los aranceles impuestos a diversos productos ecuatorianos, afectando gravemente la dinámica económica de la frontera.
La situación resulta particularmente preocupante en las ciudades de Ipiales y Tulcán, cuyos habitantes han dependido durante décadas de una intensa actividad comercial transfronteriza. La economía de estas localidades no puede entenderse sin el constante intercambio de bienes, servicios y personas que tradicionalmente ha caracterizado a esta zona. Por ello, cualquier restricción al comercio termina impactando directamente a comerciantes, transportadores, empresarios, trabajadores y familias enteras que viven de esta integración económica.
Si bien el levantamiento de los aranceles ecuatorianos ha generado algunas expectativas de mejoría, la realidad es que los beneficios son todavía limitados mientras Colombia no adopte una medida equivalente. El comercio internacional se sustenta en principios de equilibrio y reciprocidad. Cuando uno de los socios elimina barreras y el otro las mantiene, se genera una evidente asimetría que perjudica la competitividad y dificulta la recuperación de los sectores afectados.
Los comerciantes de Tulcán e Ipiales han sido testigos de una prolongada desaceleración económica que se agravó en los últimos años por diversos factores, entre ellos la pandemia, las fluctuaciones cambiarias y las restricciones comerciales. Muchos establecimientos han visto disminuir sus ventas, mientras que otros se han visto obligados a reducir personal o incluso cerrar sus puertas. La persistencia de los aranceles colombianos constituye un obstáculo adicional para una región que necesita urgentemente incentivos para reactivar su economía.
En este contexto, resulta pertinente el llamado realizado por el ministro ecuatoriano, quien ha urgido al Gobierno colombiano a anunciar cuanto antes la eliminación de los aranceles que todavía pesan sobre los productos ecuatorianos. Se trata de una solicitud razonable y coherente con el espíritu de integración que históricamente ha caracterizado las relaciones entre ambos países. Más aún cuando Ecuador ya ha dado el primer paso, demostrando voluntad política para restablecer condiciones comerciales más favorables, pero todo indica que el presidente Gustavo Petro, insiste en hacerse el de los oídos sordos en torno a esta transcendental petición que tiene tanta incidencia en miles de personas tanto del lado colombiano, como ecuatoriano.
La frontera norte de Ecuador y el sur de Colombia no pueden seguir siendo las principales víctimas de decisiones que terminan afectando a quienes menos capacidad tienen para soportar las consecuencias económicas. Los habitantes de Tulcán e Ipiales comparten vínculos familiares, culturales y comerciales que trascienden cualquier medida temporal. Por ello, las políticas públicas deberían orientarse a fortalecer esa integración y no a profundizar las dificultades existentes.
La eliminación de los aranceles por parte de Colombia enviaría una señal de confianza a los mercados, estimularía el intercambio comercial, favorecería la generación de empleo y contribuiría a dinamizar dos economías locales que atraviesan momentos complejos. Además, permitiría consolidar un clima de cooperación bilateral necesario para enfrentar desafíos comunes en materia de desarrollo fronterizo.
Hoy, más que nunca, la frontera necesita acciones concretas y no simples expectativas. Ecuador ya dio un paso importante. Ahora corresponde a Colombia actuar con la misma disposición y compromiso. La recuperación económica de Ipiales y Tulcán, así como el bienestar de miles de familias que dependen del comercio binacional, exige decisiones oportunas. La reciprocidad no solo es un principio comercial; es una necesidad urgente para devolverle dinamismo y esperanza a una de las regiones más estratégicas de ambos países.



