Carlos Darío Gallardo Arcos

El Tiempo de Dios es Perfecto

Carlos Gallardo

Hace exactamente 10 años, en el año 2015, decidí tatuarme en el bíceps derecho una frase que marcaría mi vida para siempre: El tiempo de Dios es perfecto. No solo por su mensaje, sino por la fuerza que encierra en cada palabra. Incluso decidí ponerle un punto al final, porque para mí esa frase no admite dudas, condiciones ni titubeos. El tiempo de Dios es perfecto. Y punto.

Durante esta década, esa frase me ha acompañado en momentos de lucha, de triunfo, de derrota y de renacimiento. La he repetido en voz alta, la he susurrado en medio del dolor y la he celebrado con alegría en los momentos de victoria. Sin embargo, con el paso del tiempo, entendí algo que va más allá del mensaje original: el tiempo de Dios es perfecto, sí, pero solo si uno también se mueve, se esfuerza y actúa.

Dios obra, pero no en el silencio de nuestra pasividad. Dios abre caminos, pero espera que caminemos. No basta con tener fe si no se acompaña de acción. Si sueño con tener el mejor podcast de Latinoamérica, no puedo quedarme acostado esperando a que ese sueño se cumpla por arte de magia. Tengo que salir, grabar, mejorar, estudiar, equivocarme, insistir. Dios no bendice la inercia, bendice el movimiento.

Por eso, esta frase que llevo en la piel se ha convertido en mi brújula. Me recuerda que el plan de Dios siempre será más grande que el mío, pero también que debo estar dispuesto a trabajar por ese plan. Hay que moverse, hay que luchar por los sueños, pero también hay que saber con quién se camina. Rodearse de personas que sumen, que crean, que inspiren y alejar sin culpa a quienes restan, frenan o simplemente no vibran en la misma sintonía.

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El tiempo de Dios es perfecto cuando uno encuentra el foco, el propósito, el porqué y el para qué de su existencia. Este año 2025 lo confirmo más que nunca. Ha sido uno de los mejores años de mi vida, estoy viendo crecer mi marca personal, estoy aprendiendo a expandirme en lo espiritual, en lo personal y en lo financiero. Estoy viendo frutos, pero no porque simplemente esperé, sino porque trabajé, confié, y me dejé guiar por Dios.

Agradezco a Dios todos los días, porque me ha demostrado que su tiempo sí es perfecto, pero también me ha enseñado que los milagros no solo se esperan, también se construyen.

Agradezco profundamente a mi familia, a mi pareja y a esos amigos leales que han creído en mí incluso cuando yo mismo dudaba. Su apoyo ha sido fundamental en cada paso de este camino.

Cada palabra de aliento, cada consejo sincero, cada gesto de compañía me ha impulsado a seguir adelante con determinación. Gracias por estar, por sostenerme en los días difíciles y por celebrar conmigo los logros que hoy empiezo a cosechar. Sin ustedes, nada de esto tendría el mismo sentido.