La contaminación acústica es un problema ambiental que afecta la calidad de vida, la salud y los ecosistemas. El reto está en aprender a medirla, controlarla y prevenirla.

Hay contaminaciones que pueden verse y otras que pasan inadvertidas. El ruido pertenece a esta última categoría. No deja residuos visibles ni cambia el color del agua, pero una exposición prolongada a niveles elevados puede afectar el bienestar de las personas y alterar el equilibrio de los ecosistemas.
Por eso, cada 29 de agosto se conmemora en Colombia el Día Internacional contra el Ruido, una fecha que busca generar conciencia sobre la necesidad de reducir la contaminación acústica y promover ambientes más saludables.
En ciudades y zonas urbanas, el tráfico, las actividades comerciales, los establecimientos abiertos al público, la industria y otras fuentes pueden convertirse en generadores de ruido. El desafío para las autoridades ambientales consiste en identificar dónde se presentan los mayores niveles de presión sonora y establecer acciones para reducir sus impactos.
En Nariño, este trabajo hace parte de las responsabilidades de Corponariño, autoridad ambiental que viene desarrollando herramientas técnicas para conocer el comportamiento del ruido en diferentes territorios. La entidad dispone de mapas estratégicos y documentos de gestión del ruido para Pasto, Ipiales y Tumaco, instrumentos que permiten analizar las condiciones acústicas y sirven como insumo para las acciones de prevención y control.
La importancia del tema aumentó con la expedición de la Ley 2450 de 2025, conocida como Ley contra el Ruido, que reconoce el ruido como un factor de contaminación ambiental y establece responsabilidades para las autoridades y diferentes actores frente a su prevención, mitigación y control.
El problema, por tanto, no consiste simplemente en pedirle a la ciudadanía que «baje el volumen». Se trata de avanzar hacia una verdadera cultura de calidad acústica, en la que establecimientos comerciales, empresas, autoridades y ciudadanos comprendan que el derecho a desarrollar determinadas actividades debe convivir con el derecho de las demás personas a disfrutar de ambientes saludables y tranquilos.
La contaminación acústica también plantea interrogantes desde el punto de vista ambiental. Los sonidos intensos y permanentes pueden modificar las condiciones de determinados espacios y afectar a especies que dependen de señales sonoras para comunicarse, desplazarse o detectar amenazas.
En ese escenario, el trabajo de las autoridades ambientales adquiere especial relevancia. Medir el ruido, identificar sus fuentes, generar información técnica y promover acciones de prevención son pasos necesarios para que el control no dependa únicamente de las quejas ciudadanas, sino de una política ambiental basada en evidencia.
Corponariño viene fortaleciendo precisamente este componente técnico y de gestión, como parte de las acciones encaminadas a proteger la calidad ambiental del territorio y generar herramientas que permitan tomar decisiones frente a la contaminación acústica.
El reto también está en la ciudadanía. Reducir el volumen de los equipos de sonido, evitar generar ruido innecesario, respetar los horarios establecidos y comprender que el espacio público y los barrios son lugares compartidos son acciones sencillas que pueden contribuir a disminuir el impacto de esta forma de contaminación.
Porque un ambiente saludable no solamente significa tener aire limpio, agua de calidad o espacios verdes. También significa poder escuchar el entorno, descansar sin exposición permanente a sonidos excesivos y permitir que la naturaleza conserve sus propios sonidos.
En medio de una ciudad cada vez más dinámica, recuperar el valor del silencio también es una forma de cuidar la salud, la convivencia y el territorio.

