Desde niño, el taller de su padre fue su mundo. Entre juegos, el maestro Gilberto Granja le enseñó el arte del barniz de Pasto, esa técnica ancestral que transforma la resina del mopamopa en formas y colores de asombrosa precisión. Sin embargo, la vida llevó a su hijo Oscar Granja a Bogotá, donde pasó veinte años lejos del oficio. No fue hasta una conversación fortuita en una feria artesanal que entendió su verdadera misión: volver a casa y preservar un legado que parecía desvanecerse.
Regresar a Pasto fue más que un cambio de ciudad, fue un reencuentro con su identidad. En los últimos 15 años, junto a su padre, ha abierto las puertas del taller para compartir esta tradición con nuevas generaciones. Hoy, el barniz de Pasto es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, y el interés por esta técnica crece. Jóvenes artistas, diseñadores y académicos buscan aprender y reinventar el oficio sin perder su esencia.
El futuro del barniz es prometedor, porque su valor no solo reside en la belleza de sus piezas, sino en la historia que cada una cuenta. Es un testimonio de resistencia, arte y arraigo, una prueba de que la tradición puede reinventarse y seguir viva más allá de quienes la heredan.

