Colombia llegó como candidata y se va como promesa incumplida para quienes soñaban con algo histórico
La expectativa que generó Colombia antes del Mundial 2026 fue enorme y en parte eso explica la magnitud del dolor tras la eliminación. Venían de ganar la Copa América 2024 de manera brillante, habían clasificado al torneo con solidez y llegaron a la fase de grupos como líderes indiscutibles con siete puntos y el arco imbatido ante rivales de peso como Portugal. El mundo del fútbol empezó a hablar de Colombia como posible sorpresa del torneo, los medios internacionales destacaban la profundidad del plantel y la afición tricolor soñaba en voz alta con unas semifinales que nunca antes habían alcanzado. Esa expectativa elevada hizo que la eliminación en penales ante Suiza doliera el doble de lo que habría dolido con expectativas más modestas.
Sin embargo, la crítica más justa no apunta a los resultados sino a las actuaciones. Colombia nunca mostró en los octavos de final el nivel que exhibió en la fase de grupos, donde el equipo fluía con automatismos claros y una intensidad que aplastaba a los rivales desde el primer minuto. Ante Suiza apareció un equipo más nervioso, más dependiente de la inspiración individual de James y menos conectado colectivamente que en los partidos anteriores. Lorenzo no encontró los ajustes tácticos necesarios para neutralizar la presión alta helvética, y esa incapacidad para adaptar el plan de juego en el partido más importante del torneo es la principal herida que deja este Mundial en el fútbol colombiano, más allá del penal fallado de Luis Díaz que será el recuerdo más doloroso pero no el único motivo de una eliminación que llegó antes de lo que el talento del equipo prometía.


