Por: Luis Eduardo Solarte Pastas
Hemos llegado a un punto en donde el departamento de Nariño se ha convertido en una especie de “oasis” para que la delincuencia común y organizada que procede de otras regiones del país se refugie.
Varios son los casos en que la guerrilla, paramilitares, narcotraficantes y delincuentes de todos los pelambres se han visto seriamente comprometidos por las acciones que ejecutan en contra de la población civil y de las mismas instituciones de nuestro sistema de gobierno.
Ante los hechos graves de inseguridad y de violencia que se han hecho evidentes, se anuncian por las autoridades (civiles, judiciales, policivas y militares), cuando aquéllos ya han sucedido, una serie de medidas tendientes a proteger la “vida, honra y bienes” de los habitantes.
Sin embargo, la efectividad de tales medidas en la mayoría de los casos resulta infructuosas. Y ponen en tela de juicio los mecanismos y acciones que se diseñan por nuestras flamantes autoridades en los Consejos de Seguridad dizque para contrarrestar en forma acertada la violencia que hoy carcome al territorio nariñense, así digan lo contrario.
Mientras la gente exige que se cumplan a cabalidad con las normas constitucionales y legales en torno a la restauración del orden público, las autoridades pregonan una y otra vez que se requiere para ello una decisiva colaboración de la comunidad y un mayor aporte presupuestal en aras de dotar a los efectivos de la policía y el ejército de modernos equipos logísticos que conlleven a combatir el delito sin ninguna clase de contratiempos.
En tanto se dan discusiones bizantinas sobre lo que en verdad debe ser la participación de la sociedad y la acción de las autoridades, la delincuencia (sea común y organizada) aprovecha la oportunidad para proseguir libremente con sus ejecuciones frente a la mirada estupefacta de quienes de una u otra manera llegan a ser sus víctimas.
En campos y ciudades de nuestro departamento casi que a diario se vienen dando una serie de acontecimientos matizados bajo el flagelo de la violencia que en ocasiones son desconocidos; por cuanto la gente no denuncia o no hay presencia del Estado con sus instituciones.
Frente a todo lo que está sucediendo todo parece indicar que la violencia en sus distintas manifestaciones se está volviendo una costumbre. Y lo peor de todo es que hasta sus habitantes han perdido ya hasta su capacidad de asombro cuando ven a los actores de la violencia deambular tranquilamente por el casco urbano de los municipios, sin que las autoridades hagan algo para evitarlo, so pretexto de que se adelantan conversaciones para posibles diálogos de cese al fuego con las organizaciones criminales.
Ahora, por parte del gobierno nacional, se habla con insistencia de la búsqueda de la Paz Total en país, en donde se involucre a todos los grupos que operan al margen de la ley. Eso está bien. Pero que ojalá que todas las medidas legales y mecanismos políticos que se han implementado para lograr ese objetivo, conlleven a que en Nariño la Paz Total también se haga realidad porque en esta región, hasta eso nos puede llegar tarde, dado el constante marginamiento y olvido a que está sometido el departamento.
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