Hay quienes nacen para calcular circuitos, y hay quienes nacen para moverse al ritmo de un tambor. Carlos Andrés Benavides Acosta decidió hacer ambas cosas. Ingeniero electrónico de formación, pero bailarín por vocación, su vida es una coreografía que se ha ido escribiendo entre pasos, viajes, caídas y aplausos.
Todo empezó en un lugar pequeño, casi invisible en el mapa de los grandes escenarios: el grupo de danza del jardín Semillitas del Saber. Ahí, entre juegos infantiles y música tímida, dio sus primeros pasos sin saber que ese sería el inicio de una historia que lo llevaría lejos, muy lejos de ese primer escenario improvisado.
Luego vinieron los años de colegio, en la Institución Educativa Ciudad de Pasto. Allí la danza dejó de ser un juego y empezó a convertirse en disciplina. Ensayos, presentaciones, errores, aprendizajes. El cuerpo comenzó a entender lo que el alma ya sabía: que bailar no era solo moverse, era contar.
La universidad amplió su horizonte. En la Universidad Cooperativa de Colombia —posteriormente conocida como Killawayra— y en la Universidad de Nariño, donde se graduó como ingeniero electrónico, construyó no solo su carrera académica, sino también su identidad artística. Entre cátedras y ballets, Carlos Andrés aprendió a equilibrar dos mundos que muchos creen opuestos, pero que en él conviven con naturalidad. Su inquietud lo llevó a Cali, cuna de la salsa, donde hizo parte del semillero “Pioneros del Ritmo”. Allí su cuerpo aprendió nuevos lenguajes, más rápidos, más intensos. Pero su esencia siempre regresaba al folclor, a la raíz.




