El maratonista que paró a comer duraznos en conserva y casi ganó: la locura real de Fred Lorz y la maratón más caótica de la historia

En los Juegos Olímpicos de 1904, celebrados en St. Louis, ocurrió la maratón más caótica, tóxica y ridículamente peligrosa de la historia del deporte. Si alguien propusiera este guion hoy, los productores dirían que es demasiado exagerado. Pero pasó. Y su protagonista más recordado fue Fred Lorz, un corredor que terminó cruzando la meta en primer lugar… después de haber hecho parte del recorrido en carro.

Para entender cómo se llegó a semejante nivel de absurdo hay que mirar el contexto. La maratón de 1904 se corrió en un calor brutal, con 32 °C, polvo por todas partes y solo dos puestos de hidratación en todo el recorrido. Sí, dos. Porque el organizador, James Sullivan, quería “experimentar con los límites del cuerpo humano” restringiendo el agua. Básicamente un laboratorio de sufrimiento con medallas al final.

El primer protagonista del caos fue Fred Lorz. Era un corredor conocido, talentoso, pero ese día estaba destruido desde temprano. A los 14 kilómetros empezó a tener calambres fuertes y decidió retirarse. Subió a un automóvil que pasaba por la ruta —algo común en la época antes de que existieran controles estrictos— y se dejó llevar unos 15 kilómetros mientras se recuperaba.

Cuando el carro se dañó, Lorz bajó, estiró, sintió que ya estaba fresco… y simplemente decidió seguir corriendo como si nada. No lo hizo mal: llegó a meta primero, levantó los brazos y posó para fotógrafos.

El público explotó en aplausos. La prensa gritaba su nombre. La bandera ondeaba. Hasta que la medallista estadounidense Alice Roosevelt, hija del presidente, fue a felicitarlo… y en ese momento varios testigos informaron que Lorz había viajado parte del trayecto en coche. La ovación se apagó en seco.

Lorz, arrinconado por los jueces, soltó la frase que lo inmortalizó:
“Era solo una broma.”
Luego dijo que todo había sido “una broma para animar el evento”. Extrañamente, no funcionó. Fue suspendido por un año.

Pero la historia no termina ahí. El verdadero ganador fue Thomas Hicks, y su triunfo es incluso más insano que la trampa de Lorz. Hicks estaba tan agotado que sus entrenadores le dieron estricnina, un veneno que en pequeñas dosis funciona como estimulante, mezclado con brandy. Así corría: medio borracho, medio envenenado, completamente deshidratado. En los últimos kilómetros lo llevaban medio cargado, literalmente sosteniéndolo mientras movía las piernas como un títere.

Cuando cruzó la meta —blanco como papel y al borde del colapso— no pudo celebrar, no pudo hablar, ni siquiera pudo quedarse de pie. Pasó horas recuperándose. Su triunfo, legal en términos de la época, hoy sería un festival de violaciones a todas las reglas imaginables.

La maratón de 1904 quedó registrada como un monumento al caos deportivo:
– corredores perseguidos por perros,
– neumonía por el polvo,
– dopaje legalizado por ignorancia,
– y un falso campeón que llegó en carro.

Lorz, curiosamente, siguió corriendo y años después ganó la Maratón de Boston de forma totalmente legítima. Su vida entera se convirtió en un recordatorio extraño de cómo el deporte puede mezclar grandeza, absurdo y una dosis de caos que ningún novelista se atrevería a escribir.

Cada vez que aparece una polémica moderna, desde VAR dudosos hasta dopajes sofisticados, basta volver a 1904 para entender que el olimpismo siempre ha tenido espacio —involuntario— para el caos más pintoresco.

Si quieres, puedo darte otro artículo igual de real, igual de delirante y con ese mismo saborcito de “esto no debería haber pasado, pero pasó”.

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