Por: Calos Eduardo Lagos
Cada año repetimos una celebración que parece lejana: el Día del Idioma. Se habla de cifras, de millones de hablantes, de una lengua que nos une. Pero pocas veces bajamos esa idea a lo cotidiano, a lo que realmente significa el idioma en la vida diaria.
El español no vive en los discursos ni en las academias. Vive en la forma en que nombramos la lluvia en América, en el tono cálido de una abuela, en las palabras que usamos para despedirnos en un terminal. Vive en lo sencillo, en lo íntimo, en lo que no siempre se escribe, pero siempre se siente.
Y desde ese lugar, Nariño no ha sido espectador. Ha sido creador.
Ahí está Aurelio Arturo, cuya poesía convirtió el sur en un paisaje universal. En sus versos, el idioma deja de ser herramienta y se vuelve atmósfera, memoria, viento entre los árboles. Su obra nos recuerda que la lengua también puede ser belleza que permanece.
En otra orilla, Guillermo Edmundo Chaves ha explorado la identidad desde la palabra, mostrando que el idioma no solo cuenta historias: también las cuestiona. Y en esa misma búsqueda, Pablo Emilio Obando ha hecho del lenguaje una forma de pensar el sur, de interrogarlo, de entenderlo más allá de los lugares comunes.
A esa construcción se suma el trabajo de Lydia Inés Muñoz Cordero, quien ha convertido el idioma en memoria. Gracias a su escritura, muchas historias de Nariño —especialmente las de sus mujeres— no se han perdido en el silencio. Allí el lenguaje no solo narra: cuida.
Y también hay espacio para nuevas formas de decir. El Neo Tremendismo, nacido desde el Centro de Pensamiento Libre, propone una escritura directa, sin rodeos, que busca nombrar lo que a veces incomoda. Porque el idioma no solo está para embellecer la realidad, sino también para enfrentarla.
Todo esto muestra algo simple, pero profundo: el idioma no es único ni estático. Se transforma en cada región, en cada voz, en cada historia.
Y sin embargo, hay una verdad que no podemos ignorar.
Colombia no habla una sola lengua. En Nariño, además del español, viven lenguas como el inga y el awapit, que no son solo formas de comunicación, sino maneras completas de entender el mundo. En ellas habitan conocimientos sobre la tierra, la comunidad, el tiempo y la vida.
Cuando una lengua desaparece, no se pierden solo las palabras. Se pierde una forma de mirar el mundo.
La historia ya nos mostró lo que eso significa. Grandes civilizaciones como la Inca o la Maya no solo fueron derrotadas en el territorio; también perdieron gran parte de su conocimiento cuando sus lenguas fueron arrazadas. Con ellas se fueron saberes, visiones del mundo, formas de comprender la existencia.
Esa pérdida no es cosa del pasado. Sigue ocurriendo, de manera silenciosa.
Por eso el Día del Idioma no debería ser solo una celebración. Debería ser una invitación. A leer, a escribir, a escuchar. A valorar el español, pero también a reconocer y proteger las lenguas nativas que conviven con él.
Porque un país no se mide solo por lo que dice, sino por todo lo que es capaz de nombrar.
Y en ese acto de nombrar, Nariño ha tenido —y sigue teniendo— mucho que decir.


