EL FLORERO DE LLORENTE

JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ

Cada vez que se acerca el 20 de julio, me entra una mezcla de patriotismo, curiosidad histórica y un inexplicable deseo de mirar con sospecha cualquier florero que encuentre en la sala de mi casa. Porque, según nos enseñaron desde la escuela, nuestra independencia comenzó gracias a un florero. No a un cañón, ni a una espada, ni a una épica batalla. No. A un florero. Hay países que nacieron alrededor de grandes revoluciones; nosotros, al parecer, alrededor de un objeto de decoración, lo que explicaría muchas cosas.

La historia cuenta que en la Santa Fe de Bogotá de 1810 un grupo de criollos bastante avispados ya tenía perfectamente calculado el libreto. Solo necesitaban un motivo para armar la pelotera y provocar el famoso grito de independencia. Entonces apareció en escena el célebre Florero de Llorente, que terminó convertido en el protagonista más famoso de la cerámica nacional.

Claro que ahí empiezan las discusiones. Porque los historiadores, como mi gran amigo, Enrique Herrera,  que nunca desaprovechan una buena controversia, llevan años debatiendo si aquello fue realmente el inicio de la independencia o simplemente una revuelta con mucho ruido y pocas nueces. Unos sostienen que ese fue el punto de quiebre definitivo; otros aseguran que apenas fue un episodio más dentro de un proceso mucho más largo y complejo. Es decir, ni siquiera dos siglos después logramos ponernos de acuerdo sobre si el florero hizo historia o solo sirvió para adornarla.

Yo, por mi parte, tengo una experiencia muy personal con el famoso protagonista. Hace algunos años visité el Museo Nacional de Bogotá y, naturalmente, me acerqué con el respeto que merece una reliquia capaz de cambiar el destino de una nación. Confieso que esperaba encontrar una pieza majestuosa, elegante, digna de las páginas de los libros de historia. Pero cuando finalmente lo vi, mi primera reacción fue de absoluto desconcierto. ¡Qué florero tan espantoso! No sé si fue el paso de los años, la forma de platón de lavar ropa, el desgaste del tiempo o que definitivamente en esa época el buen gusto andaba de vacaciones, pero me pareció un objeto bastante feíto.

Y entonces entendí otra cosa. Quizá la verdadera enseñanza del 20 de julio no sea el florero en sí, sino la extraordinaria capacidad que tenemos los colombianos para convertir cualquier detalle en un acontecimiento nacional. Aquí una discusión por un objeto termina en revolución; un partido de fútbol acaba en debate filosófico; y una fila en cualquier oficina pública puede convertirse en una clase intensiva de democracia participativa.

Por eso celebrar el 20 de julio también es reírnos un poco de nuestra historia sin dejar de respetarla. Porque, al final, más allá de las interpretaciones, de las polémicas académicas y de la discutida belleza del famoso florero, lo cierto es que aquella fecha quedó grabada para siempre como el símbolo de nuestro deseo de decidir nuestro propio destino. Y eso, afortunadamente, vale mucho más que cualquier pieza de porcelana, por muy fea que a mí me haya parecido.

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