El eucalipto, una especie originaria de Australia y ampliamente cultivada en distintas regiones del mundo, ha vuelto a situarse en el centro del debate ambiental debido a su influencia en la propagación de los incendios forestales. Aunque los especialistas aclaran que estos árboles no provocan el inicio de los incendios, sí pueden hacer que el fuego sea mucho más intenso y difícil de controlar cuando las condiciones climáticas son extremas.
Investigaciones recientes señalan que los bosques de eucalipto se encuentran entre los ecosistemas más inflamables del planeta. Sus hojas contienen aceites altamente combustibles y su corteza se desprende en largas tiras que, al incendiarse, pueden ser transportadas por el viento como brasas encendidas. Este fenómeno favorece la aparición de nuevos focos de incendio a varios metros o incluso kilómetros de distancia, acelerando la expansión de las llamas.
La preocupación ha aumentado en Europa, donde las olas de calor cada vez más tempranas e intensas han incrementado el riesgo de incendios forestales. Durante 2025 se registró la peor temporada de incendios en el continente, con más de un millón de hectáreas afectadas, y los expertos advierten que la combinación de altas temperaturas, sequía prolongada y grandes plantaciones de eucalipto puede agravar aún más la situación.
Uno de los casos más representativos es el de Galicia, en el noroeste de España. Allí, el eucalipto fue introducido para abastecer a la industria papelera y maderera debido a su rápido crecimiento. Mientras especies autóctonas como el roble o el castaño tardan varias décadas en alcanzar la madurez, el eucalipto puede estar listo para su aprovechamiento en apenas 15 años. Esa ventaja económica impulsó una rápida expansión de las plantaciones, que hoy ocupan una superficie mucho mayor de la prevista originalmente.
Sin embargo, esa expansión también ha traído desafíos ambientales. Tras los incendios, los eucaliptos rebrotan con gran facilidad, lo que les permite recolonizar rápidamente las áreas quemadas y desplazar a especies nativas que requieren más tiempo para recuperarse. Este proceso modifica la composición de los bosques y puede aumentar su vulnerabilidad frente a futuros incendios.
Ante este panorama, comunidades locales y organizaciones ambientales han puesto en marcha iniciativas para restaurar los ecosistemas originales. En Galicia, grupos de voluntarios trabajan desde hace varios años en la eliminación progresiva de eucaliptos en terrenos comunitarios y en la recuperación de bosques autóctonos, con el objetivo de crear paisajes más resistentes al fuego y favorecer la biodiversidad.
Los especialistas subrayan que el problema no radica únicamente en la presencia del eucalipto, sino también en la forma como se gestionan los bosques. Una adecuada planificación forestal, el mantenimiento de franjas cortafuegos, la diversificación de especies y el control de las plantaciones son medidas consideradas fundamentales para reducir el riesgo de incendios de gran magnitud sin eliminar por completo una especie que también posee un importante valor económico.
La experiencia de países como Portugal y España ha demostrado que la prevención requiere una combinación de políticas públicas, manejo sostenible del territorio y adaptación al cambio climático. Los expertos coinciden en que la creciente frecuencia de las olas de calor exige repensar los modelos de gestión forestal para disminuir la acumulación de combustible vegetal y fortalecer la resiliencia de los ecosistemas.
El caso del eucalipto evidencia cómo una especie introducida con fines productivos puede transformar profundamente el comportamiento del fuego cuando coincide con condiciones climáticas extremas. Para los investigadores, el desafío consiste en encontrar un equilibrio entre el aprovechamiento económico de estos bosques y la protección de los ecosistemas, reduciendo el riesgo de incendios cada vez más frecuentes e intensos en un contexto de cambio climático global.




