EL ENEMIGO

Por: Juan Manuel Ballesteros

Ese alguien es uno de nosotros, de los de “pura cepa”, como decimos en estos lares, de la tierra donde nacen muchos pero se crían pocos. Está en cualquier parte, es uno o todos. No importa su cuna, educación o estatus; es aquella personita que sospecha todo el tiempo de todo y de todos, para quien no hay un acto libre de escrutinio implacable y nada le parece si no se amolda a su parecer.

Ahí está, observémoslo, es el producto de un país hecho trizas por el odio amplificado por politiqueros: mira con rabia casi inconsciente y tiene el don de rumiar la rabia hasta disolver las mariposas que puedan llegar a habitar en su estómago.

Llamémoslo “enemigo” o “enemiga”; es esa bestia feroz alimentada por los miedos y estereotipos, la prueba de que décadas (más bien siglos) de conflicto no han pasado en vano y que la espiral de la violencia de nuestro país ha hecho lo suyo.

Ahora, prende el televisor, sintoniza el noticiero, escucha la radio, lee la prensa y, cuando sale aquel político o el líder antagónico, oye sin escuchar y ve sin mirar sus declaraciones, con masoquismo, solo para corroborar que merece su odio sincero y le encima el insulto más bajo o procaz que pueda emerger de su corazón seco.

Sí, estamos hablando de la misma persona que detesta en el fondo de su ser a aquel colega o compañero de trabajo por pensar diferente y que hace tiempo que no le habla a equis familiar, al vecino o a alguna vieja amistad porque no comprende cómo puede ser capaz de apoyar todo lo que, a su alto criterio, es incorrecto.

Eso sí, cuando se lo preguntan, dice estar del lado bueno de la historia, se jacta de defender la paz, concluye que son los otros, quienes opinan contrario a él, los que están errados, que de seguro el país estaría mejor y la vida sería más fácil si “los otros” pensaran de la manera correcta, la suya.

loading...

Eso no es todo: para justificarse, el “enemigo” cuenta con toda una sarta de justificaciones, un verdadero arsenal de sofismas, medias verdades y discursos de certeza casi científica que le afianzan en su parecer hasta la inamovilidad; todo ello sin contar, aún, todo lo que dicta su intuición y ojo clínico, así como fragmentos episódicos que se le han dado como verdad revelada en epifanías, que de tanto repasarlos han dado infinitas vueltas de tuerca infranqueables, apretando y condensando todo su pensamiento en un marco ideológico tan superficial como variopinto, indestructible e infranqueable.

De seguro que todos conocemos a alguien así: intolerante, recalcitrante, incapaz de relacionarse con quienes piensan diferente, asqueado por lo diferente y con una bajísima capacidad de autocrítica. Jamás en su armadura, pese a ser tan frágil, tendrá el poder de encontrar fisura alguna. Si se lo preguntan, está conforme con ese odio que tiene por pensamiento, con ese rencor que en su pérdida de sentido ve como ideología.

No lo perdamos de vista, atentos, el “enemigo” avanza en la penumbra, atraído por el tenue resplandor de un espejo. Avanza decidido y se asoma al reflejo.

¡Oh, sorpresa! El enemigo somos nosotros mismos.