Aníbal Arévalo Rosero
Dime cómo habla y te diré que tipo de político es. Si un político lee sus discursos y, además, los lee mal, es un político que logró su escaño mediante maniobras poco idóneas o pagó sus votos con favores. La verdad es que para graduarse de político se tiene que tener carisma, pero muchos llegan a cargos de elección popular por herencia (delfinismo); poder económico o uso de los recursos públicos (clientelismo); el que utiliza la seducción discursiva (demagogo), el líder que basa su discurso en la dicotomía entre el pueblo y la élite (populista); el comunicador que utiliza perfiles modernos en redes sociales o debates, que utilizan narrativas de “renovación” (estratega). Lo que observamos en la actualidad es que los viejos modelos de políticos se están sepultando.
Y no importa si son de izquierda o derecha, en ambos lados de la política hay activistas políticos que dan vergüenza ajena al escucharlos. Por ahí vimos en un acto muy concurrido a unos congresistas que en vez de discursos producen unos alaridos espantosos; y lo peor es que la gente les vota a pesar de su ineficiencia y su falta de capacidad discursiva. O la señora que empleó los recursos públicos de la Gobernación para elegirse parlamentaria: “no raja ni presta el hacha”, es nula en su capacidad comunicativa, lee los discursos, y los lee mal.
Para hacer un discurso público se requiere preparación, ensayar y tener unos propósitos claros; con la clara excepción de trajinados políticos como Gustavo Petro que por su pericia y experiencia pueden desenvolverse sin necesidad de leer un documento. Petro es un maestro de la oratoria. Cuando visitó al Rey de España, el rey lo recibió con un discurso leído, y cuando le correspondió a Petro, dijo que él no llevó su discurso escrito y se despachó de manera espontánea.
Mientras que el candidato presidencial Iván Cepeda lee los discursos, pero lo hace de manera pausada y entendible. Dice que lo hace porque quiere que quede registro de sus compromisos. Sus disertaciones son cortas, entre 15 y 30 minutos, no son expresiones cargadas de odio, sino por el contrario busca mantener el absoluto respeto por sus contendores, de ahí que ha manifestado no asistir a debates en los cuales haya insultos o agresiones.
Recordemos en la historia a grandes oradores que hicieron de la comunicación política un arte como Jorge Eliécer Gaitán, Fidel Castro, Abraham Lincoln, Martin Luther King Jr., Mahatma Gandhi, Salvador Allende, el mismo Adolf Hitler o Nelson Mandela, quien se dirigía al pueblo de Sudáfrica en términos de perdón y reconciliación, a pesar de que el sistema cruel del Apartheid lo mantuvo en la cárcel durante 27 años.
Ninguno de estos grandes oradores empleaba los gritos como método para hacerse escuchar. Un buen discurso no depende solo de lo que dices, sino de cómo lo dices y de la conexión que logras con tu audiencia. A lo largo de la historia, los grandes oradores se destacaron precisamente por dominar estos elementos. El discurso debe tener un propósito claro: informar, persuadir, motivar o entretener. Si tú no sabes exactamente qué quieres lograr, tu audiencia tampoco lo entenderá.
El buen discurso debe tener una estructura sólida en la cual se sostengan los planteamientos: empezando con una introducción que atraiga la atención; un desarrollo donde se exponen las ideas y una conclusión que refuerza el mensaje y deja una impresión duradera. Evita las palabras rebuscadas, narra experiencias, con un tono de voz adecuado. Acompáñate de gestos y contacto visual. Así como se prepara una clase, el discurso también debe ser preparado.
Resulta que produce mucha pereza escuchar gritos en un discurso tipo consigna. Es mejor ser moderado sin acudir a lenguaje peyorativo. Incluso para poner en su sitio al contendor político se lo debe hacer con lenguaje elegante. Y si no sabe leer bien, al menos los textos de la Novena de Navidad, no lea el discurso.



