Por: Jhorman Montezuma
El calendario electoral comienza a marcar el ritmo político en Nariño y, con él, aparece un fenómeno ya conocido: el desfile de los candidatos con mayor fuerza, visibilidad y estructura. No todos parten del mismo punto, pero varios nombres ya ocupan el centro del debate y de las apuestas electorales en el departamento.
En ese primer bloque aparecen figuras que hoy concentran respaldo político y reconocimiento ciudadano. Cabeto, Juan Daniel Peñuela, Teresita Enríquez y Erick Velasco avanzan con campañas que, aunque distintas en forma y discurso, comparten algo esencial: presencia territorial, equipos organizados y una base electoral que no es improvisada.
Ellos representan, en buena medida, las cartas más sólidas de este proceso. Algunos vienen de procesos sociales, otros de trayectorias políticas más tradicionales, pero todos han logrado instalar su nombre en la conversación pública. No es poca cosa en un departamento donde el voto suele fragmentarse.
Sin embargo, la atención también se concentra en una disputa abierta y todavía incierta: la pelea por la quinta curul. Allí el escenario se vuelve más competitivo y menos predecible. Jhon Rojas, Alejandra Abasolo, Andrés Zúñiga y Julio Aníbal Álvarez libran una contienda cerrada, en la que cada movimiento cuenta y cada error pesa.
En este grupo no hay favoritos absolutos. Hay liderazgos en construcción, apuestas regionales y estrategias que buscan crecer en medio de una competencia intensa. La quinta curul no se ganará solo con nombre, sino con capacidad real de conectar con el electorado y sostener estructura hasta el final.
A este tablero se suma una variable clave: la representación afro. No se descarta que el departamento logre quedarse con esa curul, lo que modificaría el mapa político y abriría un debate necesario sobre inclusión, representación y reconocimiento histórico.
Más allá de los nombres, lo que está en juego es el tipo de representación que tendrá Nariño. No basta con desfilar, recorrer plazas o sumar apoyos coyunturales. La ciudadanía empieza a exigir coherencia, propuestas claras y compromiso más allá de la campaña.
Este proceso apenas comienza, pero deja una lección temprana: el poder político en Nariño se disputa con fuerza, pero también con lupa ciudadana. Las curules no se heredan ni se improvisan. Se ganan con trabajo real, presencia constante y respuestas concretas para un departamento que ya no se conforma solo con promesas.




