RICARDO SARASTY

EL ARTE DE CONVENCER CONFUNDIENDO

Convencer al otro de la validez de lo que se dice, mediante cualquier medio lícito o ilícito,  sin que le interese  si lo expresado responde a la verdad o  a la falsedad sobre lo que se discute,  es lo que dieron a llamar filósofos como Schopenhauer dialéctica erística. Aunque años atrás, en la Grecia clásica, Platón y Aristóteles afirmaran que la erística era tan solo un modo dialéctico de responder en una discusión, sin que tanto la erística como la dialéctica se valoraran por separado como simples estrategias discursivas a las que se recurre con el ánimo de ganar por ganar en cualquier disputa. Es que, así como siempre han existido personas interesadas en probar la verdad, igualmente se encuentran las ocupadas tan solo en demostrar que tan hábiles son para llevar a creer en el error como acierto o necesario. Pericia muy apreciada entre los sofistas a quienes lo único que les satisfacía era que los admiraran por su capacidad para persuadir haciendo a un lado la verdad o la mentira. Posición ante la cual contemporáneos de estos, como Sócrates o Platón reaccionaron insistiendo en que los llamados sofismas no se podían considerar dialecticos por cuanto la dialéctica no tiene como fin evadir el debate puesto que es connatural a él, por lo que en el caso de una disputa solo debería ganar la verdad comprobada y no la mentira revestida con juegos de palabras y efectos escenográficos.

Es que nunca ha sido, ni lo será, fácil el elaborar argumentos que permitan la comprensión de una verdad, ante la cual existe la necesidad de convalidarla como tal frente a los que insisten en desconocerla. Asumir una posición dogmática o sea la de creer en verdades reveladas porque se carece de motivos para desconfiar de aquél que las promueve, siempre ha sido cómodo, además de brindar la garantía de poder evadir cualquier tipo de responsabilidad frente a las consecuencias producto del error que no se quiso advertir. Proclamarse escéptico ante cualquier demostración y evidencia que convalidad como verdad lo afirmado es otra actitud para nada recomendable pero que sin embargo en más de uno es una forma de blindarse ante el miedo a equivocarse. Por lo que para que creer en lo que se ve así razón la compruebe, si todo como lo proclamaban los sofistas es relativo, claro que los sofistas insistieron en des mostrar lo acertado de esta máxima puesto que le convino a sus intereses imponerla como verdad, pues era a la vez el marco y la base de sus discursos.    

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Cuando se opina se debe también aceptar someter las conclusiones a la crítica, a demás de reconocer que se ha tomado como línea de partida uno o varios supuestos, sin desconocer que se obra desde conceptos o preconceptos que exigen ser explicados. Así las cosas, cualquier orador que plantee un enunciado como este: el reconocimiento de un valor extra a la mano de obra hoy implica poner en riesgo el empleo de centenares de obreros el día de mañana, para convencer de su validez como verdad, debería tener en cuenta que no solo se trata de parecer lógico, sino que hay que serlo.  Por lo que no le queda más que aceptar una máxima importante en el campo de la lógica sobre la cual la dialéctica elabora toda demostración, aquella que manda a no confundir la existencia del fenómeno por su causa. Afirmar entonces que los salarios justos son la causa del desempleo, implica demostrar una incoherencia como lo es el explicar la importancia de la esclavitud como generadora de riqueza en el desarrollo de las sociedades. Lo que cualquier sofista lo hace bien, apoyado en el derecho a contar con una opinión por loca que sea.