El ADN del Sufrimiento: ¿Por qué el hincha colombiano no sabe ganar en paz?

La anatomía de una neurosis colectiva que sobrevive a las victorias, los invictos y los procesos exitosos.

BARRANQUILLA — Existe una patología no diagnosticada que afecta a cerca de cincuenta millones de personas cada vez que la Selección Colombia pisa el césped. Podríamos llamarla la «Ansiedad de la Ventaja». Es ese fenómeno biológico por el cual, si Colombia va ganando 2-0 en el minuto 70, el hincha, en lugar de disfrutar del fútbol champán y la brisa del Caribe, comienza a experimentar taquicardia, sudoración fría y una certeza apocalíptica de que el empate rival es inminente.

En este 2026, con un equipo que ha demostrado ser sólido y tácticamente disciplinado, la pregunta sigue en el aire: ¿Es el sufrimiento un ingrediente necesario de nuestra identidad futbolística o somos prisioneros de un trauma histórico que no nos permite ser felices?

La herencia del escepticismo

Para entender por qué no sabemos ganar en paz, hay que mirar el retrovisor. El fútbol colombiano creció alimentado por la narrativa de la tragedia. Desde el 1-1 contra Alemania en 1990 (que celebramos como un título mundial) hasta las eliminaciones por «detalles» en décadas posteriores, el hincha ha sido condicionado para esperar el golpe.

Esta herencia ha creado un espectador que es, por naturaleza, un analista del desastre. Mientras que un brasileño celebra el jogo bonito y un argentino se aferra a la mística del «aguante», el colombiano promedio se dedica a buscar la grieta en su propio muro. «Estamos jugando muy bien, algo malo tiene que pasar», es la frase de cabecera en las casas de todo el país.

La paradoja de Néstor Lorenzo

Lo curioso es que la era de Néstor Lorenzo ha hecho todo lo posible por desmentir este fatalismo. La Selección actual es, quizás, la más pragmática de la historia. Es un equipo que sabe cerrar partidos, que no se desespera si empieza perdiendo y que ha borrado de su diccionario la palabra «pánico».

Sin embargo, hay una desconexión entre la paz que transmite el equipo en la cancha y la histeria que se vive en las redes sociales y las tribunas. Es como si el equipo hubiera evolucionado hacia el siglo XXI, pero el hincha siguiera atrapado en las pesadillas de los años 90. Esta Selección somete al rival, pero no logra someter los demonios internos de su propia audiencia.

El minuto 90: Nuestra zona de guerra

El miedo latente se manifiesta con mayor fuerza en el tiempo de reposición. Para el colombiano, el tiempo adicional no es una oportunidad para ampliar la ventaja, sino un túnel de tortura donde cada tiro de esquina en contra se siente como una ejecución.

Este «ADN del sufrimiento» tiene una función social perversa: nos mantiene unidos en la vulnerabilidad. Compartir el miedo nos hace sentir parte de algo. Si ganáramos siempre con la solvencia de una potencia europea, quizás el fútbol perdería ese componente de «milagro» que tanto nos gusta celebrar en las plazas. El colombiano no quiere simplemente una victoria; quiere una épica, y para que haya épica, primero tiene que haber una amenaza de tragedia.

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest