Hablamos mucho y actuamos poco
Aníbal Arévalo Rosero
Con cierta frecuencia escuchamos a algunas personas quejarse por su mala suerte; se predisponen a que las cosas que inician no les van a salir bien. Son pesimistas de profesión. Y, por lo tanto, no aseguran un buen resultado. Pero también hay personas que hacen alarde de sus capacidades y de sus éxitos, pero sin evidencias que mostrar. Cualquiera de los dos extremos no aporta al desarrollo social, y, antes, por el contrario, contribuyen al estancamiento.
Es el momento de hacer un alto en el camino y sopesar los resultados que hemos obtenido en nuestra vida; si hemos cumplido nuestros sueños o estamos trabajando en ellos. Porque ingrato sería que a Fulanito le pongan en su epitafio un epígrafe que diga: “Fue una persona soñadora, pero los sueños los heredó a sus hijos para que ellos los hagan realidad”. Sería importante preguntarnos qué aporte estamos haciendo a la sociedad; con qué estamos contribuyendo para mejorar el mundo, si al menos no tiramos papelitos al suelo.
Pensemos por un momento cual sería nuestro último deseo si tuviéramos plena conciencia de que nos quedan pocos minutos de vida. Y si tuviéramos la oportunidad de volver a empezar, qué le quitaríamos y qué le agregaríamos a la vida. Mucha gente desperdicia los días y los años en cosas banales, inútiles, en chismes, en hablar cursilerías, en especulaciones, en cosas que nunca sucederán, inventando fantasmas, en miedos, en cosas negativas.
Por excelencia nos gustan las noticias violentas, tristes, de defraudaciones, de engaños, de traiciones; nos atraen las fotos con el rojo de la salsa de tomate. Despreciamos con facilidad una música que estimule nuestro intelecto, y, por el contrario, escuchamos las emisoras que ponen música triste que nos hace llorar, que nos hace doler el alma, esa que nos revive los momentos amargos.
El cerebro humano tiene la capacidad de ser selectivo; se puede hacer una limpieza mental, podemos desaprender lo aprendido para reemplazarlo por cosas más útiles. Sólo necesitamos decisión y entrenamiento diario. Haga la prueba: si el azúcar es altamente dañino para el organismo de los adultos porque el páncreas ya no funciona igual que el de un niño, empiece a partir de mañana a tomar el café y los jugos sin azúcar; al cabo de un mes el cerebro ha registrado que el café sin endulzar es delicioso.
El propósito, entonces, es reemplazar aquello hábitos nocivos por unos más benignos. Y eso ocurre en todo: en el amor, en el trabajo, en el estudio, en la familia, en la forma de concebir el mundo. Vamos dejando la dependencia de ciertos hábitos que nos esclavizan por otros que nos hacen más placentera la vida. Hagamos la prueba, de tal manera que en nuestro lugar de trabajo noten el cambio y se sientan petrificados.
Dejemos de visitar a esas amistades que no nos aportan nada bueno, y, por el contrario, hagámonos más amigos de aquellos que tienen buenos valores, que son solidarios, que están presentes cuando la fiesta ha terminado, que comparten enseñanzas y experiencias. Tienen razón los que dicen que “el que con lobos se ha junta a aullar aprende”, y está en nuestras manos el tipo de aullido que queremos.
Tomemos la decisión ahora, hablemos menos y actuemos más. Todas las cosas tienen su medida y su tiempo. Hoy es el día indicado para volver a empezar; no fue ayer ni es mañana. Las cosas tienen su razón de ser. Muchos líderes de la historia del mundo creyeron que eran enviados por Dios para cumplir determinada misión; lo repitieron tantas veces hasta que se convencieron y dejaron su propia impronta para la humanidad.
Lo que necesitamos es arriesgar esos pocos ahorros que tenemos, posiblemente los perdamos. No obstante, las mejores empresas han surgido en medio de las pérdidas; pero si la determinación es alcanzar un modelo exitoso, nada nos detendrá. Tendremos los oídos cerrados para los que digan que eso no se puede, que estás muy viejo o que eres muy joven para lograrlo. Un poco de salud mental nos hará muy bien.
fundacionecosofia@gmail.com



