El Hotel Campestre Villa Zaragoza, ubicado en la zona rural de Cartago, parecía vivir la calma habitual de una noche corriente. Los huéspedes descansaban en su habitación, ajenos a lo que estaba por suceder. Dos hombres, que llevaban varios días hospedados en el lugar, jamás imaginaron que sus últimos minutos ya estaban contados. Eran cerca de las 8:30 de la noche cuando el sonido de una motocicleta irrumpió en el silencio. Nadie sospechó nada. Hombres descendieron del vehículo con un único propósito. No preguntaron por habitaciones ni se dirigieron a la recepción. Sabían exactamente a quiénes buscaban.
Caminaron con decisión por los pasillos hasta dar con sus objetivos. Segundos después, el estruendo de los disparos estremeció el hotel. El pánico se apoderó del lugar: huéspedes corriendo, puertas cerrándose, voces quebradas por el miedo. El eco de las balas se mezclaba con los gritos de quienes intentaban ponerse a salvo.
Una de las víctimas cayó de inmediato, sin posibilidad de reaccionar. La otra, en un intento desesperado por escapar, corrió hacia una zona verde del establecimiento. No alcanzó a llegar. Las balas lo derribaron antes de que pudiera encontrar refugio. La violencia se consumó en cuestión de segundos.
Cuando todo terminó, los atacantes huyeron tan rápido como habían llegado, perdiéndose en la oscuridad de la noche. El silencio volvió, pero ya no era el mismo: estaba cargado de miedo, de incertidumbre, de la certeza de que la tranquilidad había sido rota.
Minutos después, las sirenas comenzaron a escucharse en la distancia. Patrullas de la Policía llegaron al lugar y acordonaron la zona. Los investigadores de la Sijín iniciaron la inspección judicial, recogiendo casquillos, tomando fotografías, levantando testimonios. El hotel, escenario de descanso, se convirtió en escenario de crimen. Las víctimas fueron identificadas como Óscar David Roa Correa, de 38 años, natural del Tolima y residente en Popayán, y Mauricio Javier Pérez Delgado, de 42 años, oriundo de Miranda, Cauca.
El hecho dejó a los huéspedes conmocionados. Algunos narraron cómo el miedo los obligó a esconderse bajo las camas o a encerrarse en los baños mientras los disparos resonaban. Otros apenas alcanzaron a salir corriendo hacia zonas seguras. La noche, que prometía descanso, se convirtió en pesadilla.
Las autoridades iniciaron las investigaciones para establecer móviles y responsables. Aunque no se descarta ninguna hipótesis, la precisión con la que los atacantes actuaron sugiere que se trató de un ataque dirigido. La motocicleta, el ingreso rápido, la huida inmediata: todo apunta a un plan calculado. El Hotel Campestre Villa Zaragoza amaneció distinto. El rumor de los árboles y el canto de las aves no lograron borrar la huella de la tragedia. Los pasillos aún guardaban el eco de los disparos, y la memoria de los huéspedes difícilmente olvidará la noche en que la violencia irrumpió en su descanso.




