La madrugada se marcó un antes y un después para la comunidad de Cauca Seco, en Candelaria. Lo que comenzó como un viaje rutinario hacia una cita médica terminó convertido en una tragedia que hoy enluta a todo el municipio. Humberto, conocido cariñosamente como Don Beto, falleció en las últimas horas en un centro asistencial, tras luchar contra las graves lesiones que le dejó el accidente de tránsito en el que también perdió la vida su esposa, la señora Nohemí.
La pareja de adultos mayores intentaba cruzar la carretera cuando fueron arrollados por un motociclista, quien igualmente resultó herido de gravedad. La escena fue desgarradora: Nohemí murió en el lugar de los hechos gracias a una fractura cervical que la desnuco, mientras Don Beto fue trasladado con urgencia, aferrándose a la vida durante algunas horas. Sin embargo, la magnitud de las heridas y como sus huesos le perforaron algunos órganos terminó por arrebatarle la oportunidad de regresar a su hogar.
El dolor de la comunidad es profundo. Cauca Seco, el sector rural donde residían, los recuerda como dos personas trabajadoras, sencillas y queridas. Su partida no solo deja un vacío en sus familias, sino también en los vecinos que compartían con ellos la cotidianidad de la vida campesina. La indignación se transformó en protesta: habitantes bloquearon la vía para exigir soluciones definitivas que eviten que otra familia tenga que atravesar el mismo sufrimiento.
Las demandas son claras: mayor iluminación, señalización adecuada y la construcción de un puente peatonal. Los pobladores insisten en que este tramo de la carretera representa un riesgo permanente para quienes deben cruzarlo a diario, especialmente adultos mayores y niños. La tragedia de Don Beto y Nohemí se convierte así en un símbolo de la urgencia de atender las necesidades de seguridad vial en la región.
Las autoridades han iniciado investigaciones para esclarecer las circunstancias del accidente y establecer responsabilidades. Sin embargo, más allá de los procesos legales, la comunidad reclama acciones inmediatas que protejan la vida de los peatones. La memoria de esta pareja se levanta como un llamado a la conciencia: no se trata solo de cifras de tránsito, sino de historias humanas que se apagan por la falta de infraestructura segura.
Hoy, Candelaria despide a Don Beto y a Nohemí con tristeza y respeto. Su último viaje, motivado por la esperanza de cuidar la salud, terminó convertido en un recordatorio doloroso de las deudas pendientes en materia de seguridad vial. La comunidad, entre lágrimas y reclamos, espera que su sacrificio no sea en vano y que las autoridades respondan con hechos concretos. Porque detrás de cada protesta hay un clamor por la vida, y detrás de cada cruz en la carretera, una historia que nunca debió terminar así.




