Jonathan Alexander Espana Eraso

Domo o la potencia de lo propio

Por: Jonathan Alexander España Eraso

Cuando a Fellini le preguntaron: «¿Cuánto durará el film?». «Mientras tenga dinero», respondió el cineasta italiano. In extenso, la respuesta de Fellini para el cine independiente, que se vale de sí mismo para existir, proyecta el punto muerto del realismo capitalista. Sabemos, gracias al filósofo británico Mark Fisher, que este tipo de realismo crea una «atmósfera generalizada» que permea a las áreas de la producción cultural, a la vez que limita el pensamiento y la acción. Aunque en el cine, al urdirse una realidad otra desde la realidad común, galopamos al pasaje de lo que desaparece: el capital. Ahí la transmutación de lo material, incluyendo el dinero que se invierte en una producción audiovisual, traza un recomienzo que se expone en lo inacabado, en lo siempre en curso, que un director de cine busca representar en relación al vigor de la imagen y a las emergencias que esta abre.  

El cine es el tiempo de la narración que se manifiesta en imágenes para detonar el centro de lo que hemos vivido. ¿Qué surgen? Nuevas posibilidades de un mundo acentrado que se relaciona no sólo con una historia sino con muchas historias que son el eje de la proyección. Así, lo que vemos en pantalla, son los constructos de la memoria de un director que deviene, Fellini no podría definirlo mejor, «niño, adulto y viejo» para ver, crear y «coexistir en nosotros», en lo que de imaginación somos.

En «Domo», segundo largometraje dirigido por el director nariñense Tayo Cortés, se cuentan historias entre tiempos. Y no creo ajena a este propósito a Devenir Films (por algo el nombre), la productora de la película en asocio con Andoliado Producciones. El andamiaje de la película, incluso tras bambalinas, sigue el camino de lo que se cuenta, descubriendo en la generalidad de los paisajes, la singularidad de la función fabuladora que alcanza visiones de lo cultural en las que germina el aprendizaje de nuestros afectos. En esa línea pedagógica de la imagen cinematográfica, encuentro en la película de Cortés una «imagen ética», al estilo de Deleuze, donde el espectador parte de lo dado para fugarse de la trascendencia y creer, desde los actos de resistencia, en la potencia de lo propio.

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El cine, al igual que la literatura, reinventa lo que nos falta porque lo olvidamos. Incluso lo que hace el cine, lo compruebo con «Domo», es revelar, a través de las imágenes, una purga de la imagen, la revuelta de lo cotidiano, el devenir de lo originario. Entre la destrucción y la creación, así con esta secuencia invertida que visiona Cortés, el espectador es entraña de lo anacrónico y lo heterogéneo, el peso del mundo, de tal modo que su advenimiento se escapa al futuro y pervive en lo que fue. Y nos queda un lugar, el de la repetición, y con lo anterior me refiero a un espacio donde la atemporalidad se proyecta más allá de lo visto, en una iteración que lo convertirá en indómito para toda mirada. Por eso, tras ver la película, nos queda la ruptura, dotada de espesor y de vida propia, y el abismo poético en el que no dejamos de caer.