Después de la fiesta

Por: Alina Constanza Silva

El lunes no llega con villancicos ni comparsas. Llega con recibos. Con el correo del banco. Con el aviso del arrendador. Con la notificación de la administración del conjunto. El lunes después de Navidad y carnavales es el verdadero inicio del año: cuando se apaga la música y empieza la contabilidad doméstica.

Porque mientras brindábamos, la economía hizo lo que siempre hace en silencio: indexarse. Y esa palabra técnica tan elegante en los discursos oficiales se traduce en algo muy simple para la mayoría de hogares: todo sube al mismo tiempo y el ingreso no alcanza.

Los expertos ya lo advierten sin rodeos: cerca del 60% de la inflación del año se concentrará entre enero y abril. ¿La razón? La economía colombiana sigue amarrada al salario mínimo como si fuera un salvavidas, pero termina siendo un ancla. Subió el mínimo, sí, pero con él suben precios, tarifas, cuotas y servicios, muchas veces muy por encima de lo razonable.

Y quienes viven en arriendo, el golpe está cantado. El incremento máximo permitido es del 5,10%, basado en el IPC. Máximo permitido que suena a consuelo, pero en la práctica es un golpe directo al bolsillo. Para miles de familias eso significa escoger entre pagar techo o ajustar mercado, transporte o educación. No hay magia: el dinero no se estira.

A nivel local, el panorama tampoco ayuda. Menos descuentos en predial y  en industria y comercio, y una sensación generalizada de que el municipio  está apretando para cuadrar caja. El mensaje implícito es claro: el ciudadano paga, el Estado cobra y la eficiencia… bueno, esa se promete para después.

La inflación no solo se siente en cifras, se siente en el plato. El encarecimiento de la carne y la leche, empujado por costos de transporte, nómina y logística, está cambiando hábitos. No por conciencia nutricional, sino por supervivencia económica. Más proteína barata, más marcas blancas, menos gusticos. No es una tendencia gourmet: es ajuste forzado.

Administraciones de conjuntos, parqueaderos, servicios básicos. Todo sube. Y casi siempre con la misma frase comodín: por el aumento del salario mínimo. Una justificación legal, sí, pero usada hasta el abuso. Ciudadanos reportan alzas excesivas, desproporcionadas, sin mejoras visibles en el servicio. Pagar más por lo mismo o por menos se ha vuelto parte del paisaje.

La pregunta no es si nos vamos a ajustar el cinturón. Eso ya ocurrió. La pregunta es cuánto más. Porque el ajuste no lo sienten igual todos. Mientras algunos trasladan costos sin problema, otros cuentan monedas, aplazan planes, cancelan seguros, dejan de ahorrar si es que alguna vez pudieron hacerlo.

Este no es un llamado al pánico, pero sí a la lucidez. El lunes que viene no es solo el regreso al trabajo o al colegio. Es el regreso a una realidad económica más dura, más cara y menos indulgente.

La fiesta terminó. Ahora viene el año de verdad. Y como siempre, no lo pagarán los discursos, sino los bolsillos.

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