CUANDO VENDER IMPORTA MÁS QUE FORMAR

Cada vez que un joven colombiano firma con un club europeo, el país entero celebra. Las cifras de la transferencia ocupan titulares, las redes sociales convierten el negocio en motivo de orgullo y los dirigentes presentan la operación como una prueba del éxito de sus canteras. Pero detrás de cada venta millonaria existe una pregunta incómoda que el fútbol colombiano todavía debe responder: ¿estamos formando futbolistas o simplemente vendiendo promesas?

Colombia se ha convertido, desde hace años, en una importante cantera para el fútbol internacional. Los clubes encuentran en la exportación de jugadores una de sus principales fuentes de ingresos y, ante las dificultades económicas que atraviesa buena parte del fútbol profesional colombiano, resulta difícil cuestionar esa realidad. Vender a un joven talento puede significar oxígeno financiero, pagar obligaciones y sostener una institución durante una temporada.

El problema aparece cuando la necesidad de vender termina pesando más que la obligación de formar.

No es lo mismo exportar a un futbolista formado que enviar al exterior a una promesa. El primero llega con una identidad futbolística definida, experiencia competitiva y herramientas para afrontar la exigencia de otro mercado. El segundo puede tener condiciones extraordinarias, pero todavía necesita tiempo, partidos, acompañamiento y un entorno adecuado para convertirse en el jugador que todos esperan.

Y ahí está uno de los grandes desafíos de las canteras colombianas.

Porque formar no debería limitarse a descubrir a un adolescente talentoso, hacerlo debutar, aumentar su valor y encontrarle comprador. Formar también significa prepararlo para competir, para manejar la presión, para entender el juego y para enfrentar un cambio de país, cultura y nivel futbolístico.

Cuando un jugador de 17 o 18 años sale del país después de disputar apenas unos cuantos partidos profesionales, la venta puede ser un éxito financiero, pero no necesariamente representa un triunfo deportivo.

El fútbol colombiano corre el riesgo de confundir ambas cosas.

Una transferencia millonaria puede llenar las arcas de un club y convertirse en una noticia extraordinaria para sus dirigentes. Pero el verdadero éxito de una cantera debería medirse también por la cantidad de futbolistas que logra consolidar, por los minutos que acumulan en primera división, por su evolución y por la capacidad de competir posteriormente en los grandes escenarios internacionales.

Vender es parte del negocio. Formar debe seguir siendo la prioridad.

Si los clubes colombianos convierten sus divisiones inferiores únicamente en una fábrica de jugadores para el mercado internacional, terminarán dependiendo de encontrar constantemente al próximo talento que puedan vender. Y eso puede ser rentable durante un tiempo, pero difícilmente construirá un fútbol nacional más fuerte.

Colombia tiene talento de sobra. Lo que necesita es que ese talento tenga tiempo para crecer.

Porque no debería ser motivo suficiente de orgullo decir que un joven colombiano fue vendido a Europa. El verdadero orgullo debería llegar cuando ese futbolista esté preparado para triunfar allí.

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