Cuando las elecciones eran una fiesta

Jorge Carvajal Pérez

Recuerdo cuando era niño que los domingos de elecciones mi padre me llevaba con él a votar.

Eran unos tiempos muy diferentes a los de ahora. ¡Qué ley seca ni 8 cuartos! El día de los comicios la gente andaba con su media de aguardiente y el ambiente era de alegría con la música de las papayeras y otros grupos musicales y los gritos de los seguidores de los candidatos y de los repartidores de votos.

En esas lejanas épocas, faltaban muchos años para que aparecieran los enormes tarjetones de ahora, llenos de candidatos, los cuales se constituyen en una pesadilla para los electores del campo.

No, la cosa era más sencilla. Era un sobrecito del tamaño de una tarjeta de presentación en cuyo interior había una papeleta con el nombre del candidato y ¡listo el pollo!

Pero ayer como ahora, se presentaban triquiñuelas y en los días de elecciones, la gente tenía que estar muy atenta para que no le fueran a cambiar los votos, puesto que había personas con manos de seda, que en un santiamén hacían ese operativo, que hacía que muchos electores terminaran votando por una persona diferente.

En ese entonces, las sedes políticas a excepción de las de los partidos que no pasaban del Liberal y el Conservador, eran inexistentes, por lo que las casas de los candidatos eran las que eran escenario de las reuniones y los lugares donde se empacaban los votos.

En ese proceso también había que tener mucho cuidado. Había seguidores de otros candidatos que se infiltraban en las campañas- mejor dicho, en las casas- y lo que ayudaban a empacar eran los votos del contrario. Se trataba de una acción peligrosa, puesto que, en esos tiempos de beligerancia política, el infiltrado en caso de ser descubierto podía salir muy mal librado.

Pero volvamos a los días de elecciones de mi niñez. En esos años, es curioso saber que el método de seguridad, más eficiente para impedir que la gente votara dos, tres y más veces, era un simple frasco de tinta roja. Allí tenían que meter un dedo los votantes y esa era la prueba de que habían acudido a las urnas, la cual persistía durante varios días.

Ahora las costumbres electorales cambiaron de manera radical: las papeletas fueron reemplazadas por los tarjetones y los frascos de tinta por la biometría que cumple la misma función de hace más de 60 años. En vísperas y durante las elecciones no se puede beber un trago y también se prohibieron las papayeras, los grupos musicales y los gritos a favor de los candidatos. ¡Qué aburrimiento!

POR: JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ