Vivimos obsesionados con la perfección técnica. Alta resolución, acabados pulidos, procesos optimizados. En contraste, muchos artistas contemporáneos han encontrado en el error una herramienta estética poderosa. El fallo deja de ser un problema y se convierte en lenguaje.
El error revela el proceso. Una grieta, un glitch digital, una pincelada fallida muestran que hubo una mano, un sistema, una intención que no salió como se esperaba. En esa falla aparece lo humano. La perfección suele ser impersonal; el error, íntimo.
En el arte digital, el glitch art utiliza errores de codificación para crear imágenes inesperadas. Estos accidentes tecnológicos nos recuerdan que incluso las máquinas fallan. Lejos de ocultar el error, el artista lo amplifica, lo convierte en protagonista.
En la pintura y la escultura, la estética del fallo se manifiesta en materiales maltratados, estructuras inestables, obras que parecen a punto de colapsar. Esa fragilidad dialoga con un mundo igualmente precario. El error se vuelve metáfora de la incertidumbre contemporánea.
Aceptar el error como valor estético también es una postura política. Rechaza los estándares industriales y productivistas que exigen resultados impecables. El arte del fallo dice: no todo debe funcionar para tener sentido.
Además, el error abre espacio a la sorpresa. Donde no hay control absoluto, aparece lo inesperado. El artista deja de ser un dictador del resultado y se convierte en un negociador con el azar. Esa negociación produce obras vivas, abiertas.
En un contexto que castiga el error, el arte que lo celebra nos invita a reconciliarnos con nuestras propias fallas. No como defectos a corregir, sino como huellas de existencia.

