P. Narciso Obando.

Convivimos entre el bien y el mal

Un mundo feliz, de convivencia armoniosa entre los hombres y con la naturaleza, donde no exista el sufrimiento, llanto ni dolor, parece ser un sueño imposible. Dios no quiere, ciertamente, la presencia del mal en el mundo, ni menos Él es responsable de la existencia de esos males. Dios sólo siembra buena semilla; si hay mala hierba eso es obra del maligno.

Todos anhelamos una sociedad justa y humanitaria; sin embargo, la realidad parece remitirnos a un mundo marcado por el signo del mal, el sufrimiento y el dolor. El creyente, sin embargo, vive con la esperanza de un mundo mejor.

Algunos quisieran acelerar la llegada de ese mundo, construir un paraíso en la tierra, desterrar a los impíos. Por eso, hay muchos que tienen la tentación de dividir a las personas en dos grandes grupos: Los buenos, y los malos que deben ser condenados o eliminados; y, por supuesto, los que hacen esta división se ubican siempre en el grupo de los buenos, los malos serían los otros, los que no comulgan con nuestras ideas o modos de actuar. Una vez hecha esta división es muy fácil tomar actitudes intolerantes contra esos que hemos considerado responsables del mal: Se les quiere, finalmente, eliminar de en medio.

Jesús nos invita a la tolerancia frente al otro, a no condenar a los demás y querer hacernos justicia con nuestras propias manos, a dejar de lado la hipocresía, el fariseísmo y reconocer nuestra condición humana marcada también con el signo del pecado. Cada uno de nosotros, en cierto modo, tiene algo de bueno y algo de malo, pecado y gracia. El Señor nos tiene paciencia y nos da siempre nuevas oportunidades para ir desterrando de nuestra propia vida lo que puede haber de  pecado. Dios, sin duda, hará justicia, pero sólo Él sabe cuándo hacerlo.

Es necesaria una buena dosis de tolerancia con nosotros mismos y con los demás. Tolerancia consigo mismo para no menospreciarnos o vivir obsesionados con nuestros errores del pasado. La tolerancia con los otros no es permisividad o renuncia al sentido de la justicia; no significa resignación ante el mal, complicidad, guardar silencio, o aplicar la filosofía del dejar hacer y dejar pasar. La tolerancia es ejercicio de la prudencia, paciencia, sabiduría. Dios expresa esa tolerancia con nosotros, pues siempre nos está dando nuevas oportunidades.

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El bien se expresa a través de las personas que se esfuerzan por hacer un mundo más justo y solidario, un mundo donde se respete la dignidad de cada persona humana. Y lo contrario expresa a las personas que difunden el mal y todo aquello que aplasta la dignidad del hombre.

Todos tenemos la oportunidad de germinar y dar buen fruto. Sin embargo, la tendencia del ser humano es a destruir al otro, al diferente o al menos a no hacerle caso. Pero Dios, el dueño de todo lo creado, tiene paciencia con todos, con buenos y malos, y nos invita a ser tolerantes con los demás y a no ser fanáticos. Sólo quien se reconoce pecador y necesitado del perdón de Dios es capaz de entender cómo actúa el amor y sus criterios de misericordia, perdón y tolerancia.

Jesús en sus enseñanzas hace énfasis que el mal estará presente por obra del maligno hasta el final de los tiempos. Al final será Dios quien separe lo bueno de lo malo, es decir, no nos cabe a nosotros juzgar sino a Dios. Debemos confiar en la Palabra del Señor que nos asegura que al final la justicia triunfará.