Copenhague, capital de Dinamarca, alcanzó en marzo de 2026 uno de los principales hitos de su estrategia de movilidad sostenible: las últimas líneas de autobuses financiadas por el municipio que todavía no funcionaban con electricidad fueron incorporadas al sistema eléctrico. Con la entrada en operación de autobuses eléctricos en las líneas 5C y 19, la ciudad completó la transición de sus 42 líneas municipales de autobús hacia vehículos que no generan emisiones directas de CO₂ desde el motor durante su funcionamiento.
El cambio representa el cierre de un proceso que comenzó varios años atrás y que convirtió progresivamente a los autobuses eléctricos en una parte central del transporte público de la capital danesa. La decisión no se produjo de manera repentina: desde 2016, el Ayuntamiento de Copenhague había establecido como objetivo que las líneas de autobuses financiadas por la ciudad fueran sustituidas por vehículos sin emisiones directas.
Las líneas 5C y 19 fueron las últimas en cambiar
El paso definitivo se produjo el 29 de marzo de 2026, cuando las líneas 5C y 19 comenzaron a operar con autobuses eléctricos.
La línea 5C tiene una importancia particular dentro del sistema de transporte danés. Según Movia, el operador de transporte público de la región, se trata de la línea de autobús más transitada de Dinamarca, con aproximadamente 17 millones de pasajeros al año. Para sustituir los vehículos anteriores se incorporaron 37 nuevos autobuses eléctricos.
La línea 19, por su parte, recibió 15 nuevos autobuses eléctricos. En conjunto, las nuevas unidades incorporadas a estas líneas forman parte de una operación que permitió cerrar la transición de las líneas municipales de Copenhague.
La incorporación de estos vehículos también tuvo un efecto sobre las emisiones. Movia calcula que los nuevos autobuses introducidos en las líneas 19, 350S y 5C permiten reducir alrededor de 2.000 toneladas de CO₂ al año. Esta cifra corresponde al conjunto de esas nuevas operaciones, no exclusivamente a las dos líneas municipales de Copenhague.
Un proceso que comenzó hace una década
La transformación del transporte en Copenhague tiene sus antecedentes en 2016, cuando el Ayuntamiento decidió que las 42 líneas de autobuses financiadas por el municipio debían avanzar hacia vehículos que no emitieran CO₂ desde el motor.
La transición se realizó de manera gradual. En 2019, las líneas 2A y 18 fueron de las primeras en recibir autobuses eléctricos. Posteriormente se fueron incorporando nuevas rutas hasta que, en 2025, aproximadamente el 80 % de la operación de autobuses ya funcionaba con electricidad.
En marzo de 2026 llegaron las dos últimas líneas: 5C y 19. De esta manera, el Ayuntamiento señala que las líneas de autobuses municipales de Copenhague alcanzaron el 100 % de operación eléctrica.
El proceso también estuvo precedido por pruebas tecnológicas. Entre 2016 y febrero de 2019, Copenhague experimentó con autobuses eléctricos en la línea 3A para comprobar aspectos como la autonomía, la carga rápida y la capacidad de los vehículos para integrarse en los horarios habituales del transporte público.
¿Qué significa realmente que la red sea de cero emisiones directas?
Uno de los aspectos importantes de esta transformación es distinguir entre cero emisiones directas y cero emisiones en todo el ciclo de vida.
Un autobús eléctrico no tiene un motor de combustión que queme diésel, gasolina o gas durante el recorrido. Por esta razón, mientras circula no genera emisiones directas de CO₂, óxidos de nitrógeno (NOx) ni partículas procedentes de la combustión del motor.
Esto puede ser especialmente relevante en zonas urbanas densamente pobladas, donde los autobuses recorren diariamente calles con una elevada concentración de peatones, ciclistas y otros vehículos.
Sin embargo, que un autobús sea eléctrico no significa automáticamente que toda la energía utilizada para moverlo haya sido producida sin emisiones. El impacto climático también depende de cómo se genere la electricidad, además de factores como la fabricación de las baterías, la producción del vehículo y su posterior reciclaje.
Por eso, la expresión utilizada por el Ayuntamiento de Copenhague se refiere específicamente a que los autobuses no generan emisiones de CO₂ desde el motor durante su operación, no a que toda la cadena de producción y consumo energético sea completamente libre de emisiones.
Menos contaminación y menos ruido en las calles
La electrificación no solo modifica la fuente de energía de los autobuses. También cambia algunas de las características ambientales del transporte urbano.
Los autobuses eléctricos eliminan las emisiones locales producidas por la combustión y reducen considerablemente el ruido asociado al funcionamiento de un motor convencional, especialmente cuando circulan a velocidades bajas o durante las paradas.
El Ayuntamiento de Copenhague estima que la conversión completa de sus líneas municipales permite evitar aproximadamente 14.700 toneladas de CO₂ al año. Además, destaca la eliminación de emisiones directas de NOx y partículas procedentes de los motores de combustión de los autobuses.
La ciudad ya había avanzado significativamente en esta materia antes de completar la electrificación. Según sus propios datos, entre 2008 y 2021 la contaminación atmosférica asociada a los autobuses de Copenhague se redujo en más de un 85 %, mientras que las emisiones de CO₂ disminuyeron un 60 % durante ese periodo.
La transformación también alcanza al transporte de la región
Aunque el anuncio se refiere específicamente a las líneas municipales de Copenhague, forma parte de una transformación más amplia del transporte público de la región gestionada por Movia.
El 29 de marzo de 2026, Movia informó que puso en funcionamiento 62 nuevos autobuses eléctricos en las líneas 19, 350S y 5C. Con estas incorporaciones, el operador alcanzó 794 autobuses eléctricos, equivalentes al 72 % de sus autobuses en operación.
Esto es importante porque la red de Movia no se limita a Copenhague. El operador presta servicio en diferentes municipios de la región de la capital y otras zonas de Selandia. Por lo tanto, el hecho de que Copenhague haya electrificado sus líneas municipales no significa que todos los autobuses de toda el área metropolitana o de toda la red de Movia sean eléctricos.
La diferencia entre ambos conceptos permite entender mejor el alcance real del anuncio: Copenhague completó la electrificación de sus líneas municipales de autobús, mientras que Movia continúa con una transición más amplia de su flota regional.
Una estrategia construida paso a paso
La experiencia de Copenhague muestra que la electrificación del transporte público requiere mucho más que comprar nuevos autobuses.
Durante las primeras pruebas realizadas en la ciudad se estudiaron aspectos como la autonomía de las baterías, los tiempos de carga y la adaptación de los vehículos a las rutas existentes. También fue necesario desarrollar la infraestructura necesaria para cargar los autobuses y adaptar los contratos de operación del transporte.
En años posteriores, las distintas líneas fueron sustituidas progresivamente. La ciudad pasó de tener proyectos piloto a incorporar autobuses eléctricos de forma permanente en diferentes rutas.
Este proceso permitió que la infraestructura y la operación fueran adaptándose de manera gradual a la nueva tecnología, en lugar de intentar reemplazar todos los vehículos de combustión simultáneamente.
El papel de los contratos de transporte
Otro elemento menos visible de la transformación fue la necesidad de modificar algunos contratos existentes.
En una etapa anterior, Copenhague y Frederiksberg decidieron adelantar la finalización de determinados contratos que todavía contemplaban autobuses de combustión. El objetivo era poder sacar a concurso las rutas con requisitos de cero emisiones antes de que terminaran naturalmente los contratos anteriores.
Para hacerlo, los municipios tuvieron que contemplar compensaciones económicas para los operadores afectados. En el caso de Copenhague, las estimaciones publicadas en 2023 situaban esa compensación entre 34 y 44 millones de coronas danesas para el periodo 2025-2029.
Esto evidencia que una transición energética del transporte público también tiene una dimensión administrativa y económica: las autoridades deben coordinar operadores, contratos, infraestructura, vehículos y financiación.
No significa que nunca pueda aparecer un autobús de combustión
Aunque todas las líneas municipales funcionan con autobuses eléctricos en condiciones normales, existe una precisión importante.
El Ayuntamiento de Copenhague señala que los autobuses diésel todavía pueden utilizarse en determinadas situaciones, especialmente ante interrupciones del servicio o para operaciones especiales, mientras se completa la sustitución de toda la flota de vehículos disponible.
Además, durante 2026 surgieron dificultades operativas en algunas rutas. Por ejemplo, el Ayuntamiento informó que la línea 2A experimentó problemas para mantener la regularidad del servicio con autobuses eléctricos durante el invierno. Movia llegó a proponer disponer de autobuses de gas retirados anteriormente como respaldo para mejorar la estabilidad del servicio entre 2026 y 2029.
Este punto resulta relevante porque demuestra que la electrificación no elimina automáticamente todos los desafíos del transporte público. La autonomía, la infraestructura de carga, las condiciones climáticas, la disponibilidad de vehículos y la necesidad de contar con unidades de respaldo siguen formando parte de la planificación.
Un cambio tecnológico con impacto urbano
La conversión de Copenhague no consiste únicamente en sustituir un tipo de autobús por otro. El cambio forma parte de una estrategia más amplia para transformar la movilidad urbana y reducir las emisiones relacionadas con el transporte.
Los autobuses eléctricos permiten que una ciudad reduzca las emisiones generadas directamente en sus calles y, al mismo tiempo, disminuya el ruido producido por los motores convencionales. Para una ciudad que combina una elevada utilización del transporte público con una extensa infraestructura para bicicletas y peatones, estas características tienen especial importancia.
Además, la experiencia acumulada durante varios años proporciona información sobre cómo implementar sistemas de transporte eléctrico a gran escala, desde la planificación de rutas hasta la infraestructura de carga y el mantenimiento de los vehículos.
Copenhague como referencia para la electrificación urbana
El caso danés también refleja una tendencia que se está extendiendo por diferentes ciudades europeas: la sustitución progresiva de autobuses de combustión por vehículos eléctricos.
La experiencia de Copenhague destaca especialmente por la duración del proceso. La decisión política de 2016 fue seguida por pruebas, adquisiciones progresivas y modificaciones de diferentes líneas hasta alcanzar el objetivo en 2026.
El resultado es que las 42 líneas de autobús financiadas por el municipio funcionan actualmente con autobuses eléctricos, aunque la red regional de Movia todavía mantiene vehículos de otros tipos y puede recurrir a autobuses de combustión como respaldo en determinadas circunstancias.
Un cambio que va más allá de los autobuses
La electrificación de los autobuses representa una de las piezas de la estrategia de movilidad sostenible de Copenhague. La ciudad también ha trabajado durante años en la reducción de emisiones del transporte y en la expansión de alternativas a los vehículos particulares.
La transición de los autobuses muestra, además, cómo una tecnología que inicialmente fue utilizada en pruebas puede convertirse progresivamente en una solución para una red completa.
El cambio iniciado hace una década llegó finalmente a su última etapa en marzo de 2026, cuando las líneas 5C y 19 comenzaron a funcionar con vehículos eléctricos. Con ello, Copenhague alcanzó un nuevo punto en su política de transporte: sus líneas municipales de autobús dejaron de utilizar vehículos de combustión como sistema habitual y pasaron a operar con autobuses eléctricos de cero emisiones directas.
Más que un cambio realizado de un día para otro, se trata del resultado de años de planificación, pruebas tecnológicas, renovación progresiva de vehículos, adaptación de infraestructura y decisiones sobre contratos de transporte. La experiencia de Copenhague permite observar tanto los beneficios ambientales de la electrificación como los desafíos prácticos que aparecen cuando una ciudad intenta transformar a gran escala uno de sus sistemas esenciales de movilidad.

