Durante décadas, la contaminación de los océanos se ha asociado principalmente con residuos plásticos, sustancias químicas, derrames de petróleo y el calentamiento global. Sin embargo, existe una forma de contaminación mucho menos visible que también está transformando los ecosistemas marinos: el ruido producido por las actividades humanas.
Motores, hélices, grandes buques de carga, embarcaciones turísticas, barcos pesqueros, actividades de exploración submarina y otras operaciones generan sonidos que se propagan bajo el agua y pueden modificar el entorno acústico en el que viven numerosas especies.
Entre los animales más vulnerables se encuentran los cetáceos, incluidas las ballenas, debido a que dependen especialmente del sonido para comunicarse, orientarse, localizar alimento y mantener el contacto entre individuos.
La evidencia científica disponible indica que el ruido producido por embarcaciones puede provocar cambios en la conducta de estos animales. En determinadas circunstancias, las ballenas pueden modificar sus desplazamientos, alterar sus vocalizaciones, interrumpir actividades como la alimentación o el descanso y alejarse de zonas donde normalmente permanecen.
Un problema que no se puede ver
A diferencia de una mancha de petróleo o de una acumulación de basura, la contaminación acústica submarina no deja una señal visible en la superficie del mar.
El problema está relacionado con la forma en que se comporta el sonido dentro del agua. Las ondas sonoras pueden recorrer grandes distancias y, dependiendo de las condiciones del océano, alcanzar zonas alejadas de la fuente que las produce.
Los barcos constituyen una de las principales fuentes de ruido submarino generado por actividades humanas. La Organización Marítima Internacional reconoce que el ruido radiado bajo el agua por los buques puede producir consecuencias negativas tanto a corto como a largo plazo sobre la vida marina, especialmente sobre los mamíferos marinos.
Esto convierte al tráfico marítimo en algo más que una cuestión relacionada con el transporte y la economía. En determinadas regiones, el tránsito constante de embarcaciones puede modificar de manera significativa el paisaje acústico del océano.
¿Por qué el sonido es tan importante para las ballenas?
Para comprender el problema es necesario considerar que el sonido cumple una función fundamental en la vida de los cetáceos.
La visibilidad bajo el agua es limitada, especialmente en aguas profundas o turbias. En esas condiciones, las señales acústicas permiten a los animales obtener información sobre lo que ocurre a su alrededor.
Las ballenas utilizan diferentes sonidos para comunicarse y mantener contacto con otros individuos. Algunas especies producen vocalizaciones complejas y pueden modificar sus emisiones cuando existe ruido procedente de embarcaciones.
Por esa razón, el ruido humano puede generar lo que los investigadores denominan enmascaramiento acústico: cuando un sonido externo ocupa frecuencias similares a las utilizadas por los animales, puede dificultar que una ballena escuche las señales producidas por otra.
El problema no necesariamente consiste en que el animal deje de escuchar por completo. Incluso un aumento del ruido ambiental puede hacer que determinadas señales sean más difíciles de detectar.
Una revisión científica sobre los efectos del ruido de los barcos en mamíferos marinos documentó numerosas respuestas conductuales asociadas con el tráfico marítimo, lo que demuestra que el fenómeno ha sido estudiado desde diferentes perspectivas.
Motores y hélices: una fuente constante de ruido
Los motores de los barcos producen vibraciones que pueden transmitirse al agua a través de la estructura de la embarcación. A esto se suma el ruido generado por las hélices y el movimiento del propio barco.
El resultado es una combinación de sonidos que puede incorporarse al ambiente acústico submarino.
El impacto depende de numerosos factores: la distancia entre el animal y la embarcación, el tipo y tamaño del barco, su velocidad, las características del motor y la hélice, la frecuencia del sonido, las condiciones oceanográficas y la especie de cetáceo involucrada.
Por eso, no todos los encuentros entre una ballena y un barco producen necesariamente la misma reacción.
Una investigación sobre ballenas jorobadas, por ejemplo, encontró que diferentes niveles de ruido de embarcaciones estaban asociados con modificaciones en sus conductas de descanso. Los animales expuestos a niveles más elevados mostraron una reducción del tiempo de descanso y un incremento de determinados movimientos y cambios de dirección.
Estos resultados ayudan a comprender que el ruido no tiene que causar una lesión física inmediata para convertirse en un problema ambiental.
El comportamiento puede cambiar
Uno de los principales motivos de preocupación entre los científicos es precisamente la modificación del comportamiento.
Cuando una ballena detecta una fuente de ruido que considera perturbadora, puede cambiar la dirección de su desplazamiento, aumentar su actividad, modificar sus vocalizaciones o abandonar temporalmente una zona.
Estos cambios pueden parecer pequeños cuando se observan de manera aislada. Sin embargo, si se producen repetidamente, pueden tener consecuencias ecológicas importantes.
Por ejemplo, una ballena que abandona una zona de alimentación debido al tráfico marítimo podría necesitar desplazarse hacia otra área para encontrar alimento. Ese movimiento puede representar un gasto energético adicional.
La presencia de embarcaciones también puede interferir con períodos de descanso o con la comunicación entre individuos.
La investigación científica sobre observación de cetáceos ha documentado cambios relacionados con la natación, las vocalizaciones, la dirección de desplazamiento, el tamaño de los grupos y la coordinación entre animales cuando estos están expuestos a perturbaciones humanas.
El ruido también puede afectar la alimentación
La alimentación es otro de los comportamientos que puede verse comprometido.
Para encontrar presas, diferentes especies de cetáceos dependen de información acústica y de la capacidad para interpretar las señales procedentes de su entorno.
Si el ruido de los barcos dificulta la percepción de determinadas señales, el animal puede tener mayores dificultades para detectar presas o puede modificar su estrategia de búsqueda.
Además, algunas investigaciones han observado cambios en los patrones de alimentación de ballenas en presencia de ruido producido por embarcaciones.
Un estudio sobre ballenas jorobadas publicado en 2016, por ejemplo, encontró evidencias de que el ruido de barcos podía afectar determinados comportamientos asociados con la alimentación.
Esto es especialmente relevante porque cualquier alteración de la alimentación puede terminar teniendo consecuencias sobre el balance energético del animal.
No todas las especies reaccionan de la misma manera
Uno de los aspectos más importantes de esta problemática es evitar generalizaciones.
No todas las ballenas reaccionan exactamente igual ante el ruido. Las respuestas dependen de la especie, la edad, el contexto, el nivel de ruido, la duración de la exposición y las características del ambiente.
Incluso dentro de una misma especie puede existir una considerable variación entre individuos.
Los científicos también distinguen entre exposiciones ocasionales y exposiciones repetidas o prolongadas. Un encuentro breve con una embarcación no necesariamente tiene las mismas consecuencias que vivir en una zona donde existe tráfico marítimo constante.
Esta diferencia es fundamental para entender por qué los investigadores estudian no solamente la intensidad del sonido, sino también su duración, frecuencia y recurrencia.
Francia también investiga el problema del ruido submarino
Francia cuenta con instituciones científicas que han investigado diferentes aspectos relacionados con el ruido marino y la conservación de cetáceos.
El Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia, CNRS, ha divulgado investigaciones sobre el impacto de los sonidos generados por actividades humanas en animales marinos. Entre las fuentes de ruido consideradas aparecen barcos, helicópteros, perforaciones, sonares y otras actividades humanas.
Además, organismos franceses vinculados con la investigación marina y la conservación han trabajado en el seguimiento de mamíferos marinos y en el estudio de las amenazas que afectan a los ecosistemas oceánicos.
El Observatorio Pelagis, vinculado al CNRS y a La Rochelle Université, también señala la contaminación acústica como uno de los factores que deben considerarse en el estudio y conservación de los mamíferos marinos.
Por tanto, aunque no es posible confirmar con las fuentes consultadas que exista exactamente el nuevo estudio francés descrito en el planteamiento original, sí existe una línea científica francesa consolidada alrededor de esta problemática.
Un océano cada vez más transitado
La preocupación adquiere mayor importancia debido al crecimiento del transporte marítimo.
Los océanos son atravesados diariamente por barcos de carga, petroleros, portacontenedores, ferris, embarcaciones pesqueras, barcos turísticos y otras naves.
En las zonas de mayor tráfico, el ruido puede convertirse en una presencia prácticamente permanente.
La Organización Marítima Internacional considera que el ruido submarino generado por los buques constituye un problema ambiental suficientemente relevante como para desarrollar directrices destinadas a reducir el ruido radiado bajo el agua.
En 2024, además, el Comité de Protección del Medio Marino de la organización aprobó un plan de acción relacionado con la reducción del ruido submarino generado por el transporte marítimo, con el objetivo de facilitar la aplicación de las directrices existentes y desarrollar buenas prácticas.
Reducir la velocidad puede ayudar
Una de las posibles soluciones estudiadas por la comunidad científica consiste en reducir la velocidad de determinados buques.
La razón es que la relación entre velocidad, funcionamiento de la hélice y ruido submarino hace que una reducción relativamente pequeña de la velocidad pueda producir una disminución importante de la energía acústica generada.
Investigaciones publicadas en Science Advances han estudiado precisamente cómo reducciones pequeñas en la velocidad de buques de carga pueden disminuir sustancialmente el ruido submarino producido por las embarcaciones.
Esto resulta especialmente interesante porque una estrategia de este tipo podría complementar otras medidas de conservación sin necesidad de cerrar completamente rutas marítimas.
Otras medidas para disminuir la contaminación acústica
La reducción de la velocidad no es la única alternativa.
Los investigadores y organismos internacionales también estudian soluciones relacionadas con el diseño de hélices, mantenimiento de los motores, diseño de los cascos y planificación de las rutas marítimas.
En determinadas zonas ecológicamente sensibles también puede ser posible establecer restricciones temporales o espaciales al tráfico de embarcaciones.
Otra herramienta fundamental es el monitoreo acústico mediante hidrófonos, instrumentos capaces de registrar los sonidos presentes bajo el agua.
Estos sistemas permiten determinar cuándo pasan embarcaciones, identificar determinados sonidos producidos por animales y analizar cómo cambia el paisaje acústico de una zona.
El objetivo final es conseguir que la actividad humana y la conservación de los ecosistemas marinos puedan coexistir con el menor impacto posible.
Un desafío ambiental que requiere más investigación
A pesar de los avances científicos, todavía existen preguntas abiertas.
Los investigadores necesitan determinar con mayor precisión cuándo un determinado nivel de ruido produce una reacción temporal y cuándo una exposición repetida puede generar consecuencias a largo plazo.
También es necesario comprender cómo interactúa el ruido con otras amenazas que enfrentan los cetáceos, como el cambio climático, la reducción de alimento, la contaminación química, los residuos marinos y las colisiones con embarcaciones.
La combinación de varios factores puede hacer que una población sea más vulnerable que si cada amenaza actuara de manera independiente.
Por eso, estudiar la contaminación acústica no significa únicamente medir cuántos decibelios produce un barco. También implica entender qué animal está expuesto, durante cuánto tiempo, en qué lugar, qué comportamiento estaba realizando y qué otras presiones ambientales enfrenta.
El reto de devolverle espacio al silencio
El océano nunca ha sido completamente silencioso. Las olas, tormentas, movimientos del hielo, peces y otros organismos producen sonidos naturales.
El problema aparece cuando las actividades humanas modifican de manera significativa ese paisaje acústico.
Para las ballenas, el sonido constituye una herramienta esencial para desenvolverse en un ambiente donde la visión tiene importantes limitaciones. Cuando el ruido producido por los barcos se superpone con las señales que utilizan para comunicarse, alimentarse o desplazarse, puede alterar comportamientos que son fundamentales para su supervivencia.
La evidencia acumulada durante años de investigación muestra que la contaminación acústica submarina debe ser considerada una amenaza ambiental real, aunque sus efectos sean mucho menos visibles que los provocados por los residuos o la contaminación química.
El desafío para los próximos años será encontrar un equilibrio entre un océano cada vez más utilizado por la actividad humana y la necesidad de conservar los espacios acústicos que necesitan las especies marinas.
En ese escenario, hacer que los barcos sean más silenciosos, reducir determinadas velocidades, mejorar sus sistemas de propulsión y proteger las zonas especialmente sensibles podrían convertirse en piezas importantes de una estrategia destinada a que las ballenas sigan encontrando en el océano un espacio donde comunicarse, alimentarse, desplazarse y descansar sin tener que competir constantemente contra el ruido humano.




