La campaña presidencial colombiana ha entrado en una fase preocupante. Desde la misma noche en que se conocieron los resultados de la primera vuelta, los dos candidatos finalistas, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, han protagonizado una escalada de acusaciones, señalamientos e improperios que poco contribuyen al fortalecimiento de la democracia y mucho menos a la construcción de un debate serio sobre el futuro del país.
Los colombianos observan con creciente cansancio cómo el escenario electoral se transforma en una confrontación personal permanente, en la que abundan los ataques y escasean las ideas. En lugar de aprovechar esta etapa decisiva para presentar programas de gobierno, explicar sus propuestas y convencer a los ciudadanos con argumentos, ambos aspirantes parecen empeñados en protagonizar una disputa marcada por la descalificación y la confrontación.
La situación alcanzó un nuevo nivel cuando ayer Iván Cepeda aseguró que Abelardo de la Espriella estaría preparando un supuesto autoatentado con fines electorales. Se trata de una acusación de extrema gravedad que, de no estar sustentada con pruebas contundentes, solo contribuye a aumentar la polarización y la desconfianza entre los ciudadanos. En una democracia madura, las denuncias de esta naturaleza deben estar respaldadas por evidencias verificables y presentarse ante las autoridades competentes, no convertirse en simples armas de campaña.
Por su parte, las respuestas y contraataques que se han venido produciendo en las últimas semanas tampoco ayudan a elevar la calidad del debate público. Lo que el país presencia es una especie de competencia para ver quién lanza el golpe verbal más fuerte, mientras los problemas reales de los colombianos siguen esperando respuestas.
La inseguridad, el desempleo, la crisis de la salud, el fortalecimiento de la educación, la situación del campo, la infraestructura, la lucha contra la corrupción y la recuperación económica deberían ocupar el centro de la discusión nacional. Sin embargo, estos temas fundamentales han quedado relegados por una lluvia constante de declaraciones incendiarias que generan titulares, pero no soluciones.
Los electores están cansados. Cansados de los insultos. Cansados de las acusaciones sin fin. Cansados de las teorías conspirativas y de las peleas interminables. Los ciudadanos quieren escuchar qué propone cada candidato para mejorar sus condiciones de vida, cómo piensan enfrentar los enormes desafíos del país y cuáles serán sus prioridades de gobierno en caso de llegar a la Casa de Nariño.
La campaña presidencial no puede convertirse en una disputa de egos ni en un espectáculo de ataques personales. Colombia merece más. Los votantes merecen más. Quienes aspiran a dirigir los destinos de una nación de más de cincuenta millones de habitantes tienen la obligación de demostrar altura, responsabilidad y capacidad para liderar un debate serio.
Por eso resulta urgente que se realicen los debates presidenciales y que estos se conviertan en verdaderos escenarios de confrontación de ideas. Los colombianos tienen derecho a conocer las propuestas de los candidatos sobre los temas que afectan su vida cotidiana. Tienen derecho a comparar programas, evaluar capacidades y tomar una decisión informada basada en proyectos de país y no en descalificaciones mutuas.
La democracia se fortalece cuando las ideas derrotan a los insultos y cuando los argumentos prevalecen sobre las ofensas. A pocas semanas de una elección trascendental, los ciudadanos esperan que Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda comprendan el mensaje: menos ataques personales y más propuestas. Menos escándalos y más soluciones. Menos confrontación estéril y más debate constructivo.
Colombia no necesita candidatos que actúen como niños malcriados en una disputa permanente. Colombia necesita estadistas capaces de presentar un rumbo claro para el país. Es hora de que la campaña abandone el terreno de los agravios y entre, por fin, en el escenario de las propuestas.



