Por: Luis Eduardo Solarte Pastás
A los colombianos se les prometió “el cambio” para que “Colombia sea potencia de la vida”. Y, así pudiesen “vivir sabroso”, dijo un día la vicepresidenta Francia Márquez.
Pero hasta el momento el cambio no se ve ni la gente vive sabroso; por el contrario, la violencia e inseguridad en sus múltiples manifestaciones está en todas partes, a la vuelta de la esquina. Y los cinturones de miseria siguen creciendo y el flagelo de la corrupción está enconada en las instituciones del Estado.
Y frente a todo esto, hemos llegado a un punto en el que el país vive un silencio de miedo por las venganzas y las retaliaciones. Silencio que se respira por todas partes. Y miedo que se expande como el viento a lo largo y ancho del territorio nacional ante la impotencia y mirada estupefacta de sus habitantes.
Los odios, los rencores y toda clase de represalias son el pan de cada día.
SÍ. Un “pan” macabro que lleva a que unos sectores del pueblo colombiano se conviertan en una especie de “caníbales” que no saben cómo saciar, entre unos y otros o todos al mismo tiempo, una sed de desquite que no se entiende, pese al gran cúmulo de explicaciones y supuestas justificaciones que siempre sacan a relucir en su momento oportuno y quizás por conveniencia más que por otra cosa.
Masacres indiscriminadas y asesinatos a mansalva, sin saber a ciencia cierta quién o quiénes son sus causantes, forman un contexto en que las especulaciones y las frases de cajón se difunden desde las más altas esferas del poder de unas instituciones sin mayor credibilidad y de las bases de una sociedad que también preguntan y dan sus opiniones a todo cuanto acontecimiento sangriento se presente.
Todo es confusión y enredo. Mientras tanto el “barco” en que navega el sistema democrático del país poco a poco se hunde sin que de verdad se encuentre o se identifique al “capitán” que pueda corregir su curso y llevarlo a feliz puerto, en donde se encuentre la tan anhelada paz total, con justicia social y equidad de que tano se alardea.
Así las autoridades pretendan disfrazarlo o disimularlo, a diario se presentan asesinatos, secuestros, extorsiones, violaciones, entre otra serie de hechos punibles, como consecuencia de esa violencia indiscriminada que se soporta hace mucho tiempo y que hasta ahora no encuentra una salida efectiva para la pacificación del país, a pesar de unas mesas de negociación que no dan resultado.
Violencia que ante una carencia de una efectiva y pronta aplicación de justicia generan unas retaliaciones que no respetan nada, absolutamente nada. Colombia, es en la actualidad, un país de venganzas.
Ese es el temor que hoy existe en muchos estamentos políticos, económicos, sociales, religiosos, hasta de los propios militares y policías; por cuanto en un país como es en la actualidad Colombia, todo puede suceder, aunque se diga una y otra vez que se van a tomar todas las medidas y precauciones de seguridad a fin de que las venganzas no sigan ocurriendo.
Y, en medio de toda esa violencia, la incertidumbre y el miedo se apodera de la población para generar la construcción de una sociedad colombiana democrática, con principios y con valores de una sana convivencia.
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