Por: Pablo Emilio Obando
¿Qué es la esperanza? Es la capacidad que tienen los pueblos de creer, de soñar, de vencer los problemas y las dificultades. La desesperanza, por el contrario, es la falta de motivos para continuar luchando por un motivo común. Los pueblos y las culturas requieren de esperanza cuando las circunstancias lo ameritan. Cuando esta virtud se esfuma o pierde nos convertimos en veletas de las mismas circunstancias que nos ahogan y asfixian. Se requiere una esperanza, razones para continuar adelante.
Los colombianos, cansados de la desesperanza vestida de corrupción, hicimos coro común para dar un gran salto hacia unos verdaderos cambios que reflejen el deseo colectivo de recorrer nuevos caminos que representen legalidad, honestidad, ética y progreso.
Colombia se viste de esperanza. Su anhelo de cambiar las viejas estructuras se empieza a dibujar en el horizonte colectivo. Se espera un remesón generacional, el cambio de prácticas deleznables y humillantes para el pueblo colombiano. El clientelismo, la burocracia, el nepotismo y tantas prácticas de la política tradicional empiezan a mirarse como un mal recuerdo de una sociedad enferma y agobiada.
No obstante, el pueblo entra en un desconcierto total cuando comprueba que se continúa con esas prácticas corruptas. Se reparten entidades entregándoselas a un verdadero festival de rapiña y voracidad. Al poco tiempo de iniciarse un gobierno con vientos de cambio, inician unos verdaderos ciclones de corrupción y saqueo sistemático al erario de los colombianos.
Los dos grandes monstruos de Colombia abren sus fauces inmisericordemente. Entre la corrupción y el clientelismo devoran la poca esperanza que se albergaba en el corazón de los colombianos. Se cae en una desesperanza abrumadora, apabullante, asfixiante, aterradora.
Ocurre un fenómeno psicológico de masas. Una negación ante el peso de la evidencia y el deseo vehemente de que todo cuanto ocurre es originado en una historia colectiva del pasado. . No se puede aceptar que el dinosaurio todavía continúa ahí, vivo, presente y más fuerte que nunca.
La gran mayoría de colombianos se tornan escépticos, indiferentes, daltonicos socialmente y evasivos de su responsabilidad. Se hace necesario buscar un chivo expiatorio. Surge la urgente necesidad de no aceptar como verdad todo aquello que hoy no es más que un simple reflejo de todo aquello que detestamos y quisimos superar.
Sin camino aparente, sin rumbo de salida, sin una explicación o una justificación sensata el pueblo se refugia en la neoesperanza de la negación. Únicamente así se podrá continuar el camino sin desfallecer. El dinosaurio está, ahí, nunca se fue, jamás salió de nuestro sueño.
Pero, como en la fábula de Pandora nos corresponde a los colombianos abrir ese resquicio de esperanza sin desfallecer. Quizá nos espere una nueva patria. Quizá entendamos que el monstruo fuimos nosotros y la pesadilla nuestra verdadera realidad.

