Irán atraviesa una nueva ola de protestas de gran magnitud, impulsadas por una profunda crisis económica que rápidamente se transformó en un desafío político directo contra la cúpula del poder. Las manifestaciones, que comenzaron el domingo pasado, se han extendido desde Teherán hacia importantes ciudades como Isfahán y Mashhad, y ya han dejado varios muertos tras enfrentamientos con las fuerzas de seguridad en el oeste del país, según informan medios iraníes.
En un inicio, las movilizaciones fueron pacíficas y estuvieron encabezadas por comerciantes afectados por el colapso de la moneda nacional. Sin embargo, con el paso de los días, el malestar social se convirtió en una protesta abierta contra el sistema político. Las consignas evolucionaron desde reclamos económicos hacia gritos que exigen un cambio de régimen y apuntan directamente al liderazgo del país.
Una economía al límite
El detonante inmediato ha sido el desplome del rial iraní. Actualmente, se necesitan alrededor de 1,45 millones de riales para adquirir un dólar estadounidense, cuando hace un año la cifra rondaba los 820.000. Esta devaluación ha reducido drásticamente el poder adquisitivo: el salario mensual promedio equivale a poco más de 100 dólares, lo que hace que incluso productos básicos resulten inaccesibles para gran parte de la población.
En una economía fuertemente dependiente de las importaciones, este escenario ha generado una presión inflacionaria con efectos sociales inmediatos. La abogada y analista de derechos humanos Gissou Nia, del Atlantic Council, señala que aunque el colapso económico encendió la chispa, el trasfondo es más profundo: existe un rechazo creciente al sistema político y a la figura del líder supremo, Ali Jamenei, al que muchos consideran responsable de una crisis estructural sin salida.
Un movimiento distinto a los anteriores
Las protestas actuales combinan elementos de anteriores ciclos de descontento: la ira social de los años 2017 a 2019, la experiencia de una represión dura en 2019 y la crítica cultural expresada en 2022. Esta convergencia ha dado lugar a un movimiento más persistente y radical, con lemas compartidos por distintas generaciones y con demandas que ya no se centran en reformas, sino en un cambio total del sistema.
El rol clave del bazar
El hecho de que las movilizaciones se iniciaran en el bazar tiene un fuerte simbolismo histórico. Tradicionalmente, este sector ha sido un pilar económico y un factor de estabilidad para el régimen. Su paralización no solo afecta el abastecimiento, sino que también revela que el malestar ha alcanzado a grupos que durante décadas fueron aliados del poder. Para muchos comerciantes, la situación económica se ha vuelto insostenible.
Crisis social y respuesta estatal
La crisis ya no es solo financiera. La población enfrenta dificultades para acceder a alimentos y medicamentos, mientras se intensifican los cortes de agua y electricidad, incluso en grandes ciudades. Este deterioro ha empujado a sectores de la clase media urbana a sumarse a las protestas, al sentir que ya no tienen nada que perder.
Frente a este escenario, el Gobierno ha combinado mensajes de calma con una respuesta de fuerza temprana. Observadores señalan que la represión se ha activado antes que en episodios anteriores, lo que refleja el nerviosismo de las autoridades. Para muchos manifestantes, esta reacción no disuade, sino que refuerza la percepción de que el régimen carece de soluciones políticas.
Acusaciones de injerencia externa
Como en otras ocasiones, las autoridades iraníes han atribuido las protestas a supuestas conspiraciones extranjeras, señalando a Estados Unidos e Israel. Sin embargo, analistas coinciden en que la magnitud y rapidez de la movilización difícilmente pueden explicarse por factores externos. Para buena parte de la sociedad iraní, este discurso oficial evidencia una creciente desconexión entre el liderazgo y la realidad que vive la población.




