Civilización o barbarie (II)

Carlos Álvarez.

Decíamos de la civilización occidental, con su barbarie y retórica de valores moralistas camuflados para ocultar su entraña de autodestrucción calculados expresamente para causar el mayor daño a la humanidad pero disfrazada de humanista.

Cabe preguntarnos si somos peores que antes. La cuestión queda relegada a aceptar que si bien las civilizaciones antiguas no alcanzaron los ideales que se trazaron, ni las modernas con su promesa constante de voluntad de cambio no fueron otra cosa sino idealizaciones sin fundamento, que se convirtieron en proyectos frustrados. Examinemos minuciosamente la caída de la Unión Soviética, por ejemplo.

O entre nosotros, que entre paréntesis no somos considerados civilización occidental por el resto de aquella, entre nosotros decíamos, que ha pasado con la idea bolivariana de la unidad, anhelo secular pero solo eso, un anhelo, una frustración y no lo seremos nunca hasta que como decía el Papa Francisco, no nos independicemos del imperialismo de otras naciones que se adueñaron del destino de América Latina. ¿Qué nos queda entonces? ¿Asistir impávidos ante el desastre que nos pone al borde del colapso en el planeta en que vivimos, por las prácticas autodestructivas que datan de siglos? Ciertamente no, pero si adquirimos conciencia de que el tiempo se venció y si no actuamos desde ya, será muy tarde y tendremos que conformarnos con que nuestra existencia terminó. Entonces, ¿por dónde empezamos? El filósofo alemán Hans Jonas propone un imperativo moral: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la tierra” o “incluye en tu elección presente, como objeto de tu querer la futura integridad del hombre” (Recordemos a Kant)

O dicho aún más coloquialmente como nos enseñaban nuestros mayores cuando éramos niños: “No hagas a otro lo que no quisieras que te hagan a ti.”

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