Chiquiticos

Como la tierra era prodigiosa, que le dispensaba todo lo necesario a nuestros antepasados no tenían que trabajar, solo recoger los frutos de la naturaleza; entonces su estructura física era la de indios “flacuchentos, quilicos y enteleridos”, pero también su manera de ser, hasta ahora, de consentidos, aguaguados y ademanosos.

Nuestro hablado con “son sureño”, trinado, rasgado y especialmente en diminutivo -manera de hablar traída de España y enriquecida con quechuismos-, denota ternura, afecto, familiaridad y cercanía coloquiales, como un mecanismo de atenuación.

No olvidemos que el lenguaje es una expresión del ser -como dice E. Zuleta-; como una muestra de subordinación y respeto por el amo: “Mi señora Doña Lilianita” y excepcionalmente para nombrar las cosas con ironía y no necesariamente para referirse al tamaño y la cantidad: por ejemplo, “los riquitos de Uribe”, “negritos divinos” “pastusos linditicos”. En otros casos denota una actitud de aguaguado, consentido, ademanoso, inferioridad, retraimiento, nerviosismo, timidez y hasta de miedo. Los españoles dicen que los pastusos hablamos su mismo castellano pero con nota, con un irresistible encanto musical.

Nuestra manera de hablar, por su forma y contenido refleja los estados ánimo, costumbres, hábitos y en general, las maneras de ver el mundo “desde acasito no más”.. Estas expresiones son propias más generalizadas  en la zona andina que en otras regiones de Nariño. Pero todos corren el riesgo de ser llamados pastusos.

En su época el General Reyes, ya reconocía que «en pocos días asimilé de sus habitantes no sólo el vestido sino su acento especial, por el cual eran ridiculizados por los payaneses…”. Héctor Abad Faciolince dice que lo grave del abuso de los diminutivos es que lo lleva al hablante, pendiente abajo en la lucha por ser más personal, menos hiriente o más expresivo.

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El problema no es hablar exageradamente en diminutivo, sino que nos obliguemos también a pensar, actuar y proyectarnos en diminutivo, sin ambiciones ni sueños y hasta sin esperanzas bajo el argumento de que “Dios proveerá”. Tendencia demostrada por el suscrito, en mi libro titulado “Paradojas de la economía y la felicidad en Nariño”, en el que demuestro que un 25% de nariñense se considera feliz porque tienen “todo lo necesario”. Ese todo es, su micromundo de resignación y conformismo, sin proyecto de vida.