Cuando un capo podía llegar y no estar solo
Hablar de Carlos Lehder en Pasto es hablar de una época en la que el dinero del narcotráfico no solamente compraba propiedades, aviones o lujos. También podía comprar silencios, favores y puertas abiertas.
Las investigaciones periodísticas de la época describieron cómo integrantes del Cartel de Medellín podían desplazarse por distintas regiones del país y contar con personas dispuestas a recibirlos, esconderlos, facilitarles contactos o resolverles problemas.
Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿cómo podía moverse un hombre buscado por las autoridades sin encontrar resistencia en determinados lugares?
La respuesta no está únicamente en quienes empuñaban las armas o manejaban las grandes cantidades de cocaína. También estaba en quienes, desde posiciones menos visibles, hacían favores, prestaban sus casas, movían información, acercaban contactos o simplemente decidían mirar hacia otro lado.
El poder detrás del poder
El narcotráfico necesitaba una estructura mucho más amplia que sus grandes capos. Mientras unos dirigían las operaciones y acumulaban fortunas, otros cumplían tareas menos visibles pero igualmente importantes.
Eran quienes abrían puertas.
Quienes conseguían contactos.
Quienes transportaban información.
Quienes solucionaban inconvenientes.
Y quienes estaban disponibles cuando el dinero podía comprar una solución.
En los relatos sobre Lehder y sus desplazamientos por el sur del país aparecen precisamente ese tipo de vínculos. No necesariamente eran los nombres que ocupaban las primeras páginas de los periódicos, pero sin esas redes de confianza el poder de los grandes capos habría encontrado muchos más obstáculos.
Una historia incómoda
La historia de Lehder en Pasto deja una reflexión que va más allá del propio narcotraficante.
Porque un imperio criminal no se construye solamente con quienes lo dirigen.
También necesita quienes lo faciliten.
Y quizá esa sea una de las partes más incómodas de aquella historia: mientras Colombia veía crecer las fortunas de los grandes capos, alrededor de ellos existía una cadena de personas dispuestas a prestar servicios, guardar secretos y convertir el poder del dinero ilegal en favores concretos.
Los nombres pueden cambiar.
Las épocas también.
Pero la pregunta permanece: ¿cuánto poder puede acumular un criminal cuando encuentra personas dispuestas a abrirle la puerta?




