En La Habana, la madrugada del sábado avanzaba entre apagones, velas encendidas y el silencio habitual de una ciudad a oscuras. Sin embargo, mientras gran parte de la Isla permanecía sumida en la penumbra, en Venezuela se producía un giro que alteraría el pulso político del principal aliado del Gobierno cubano. Estados Unidos lanzó un ataque contra objetivos militares venezolanos y, poco después, el presidente Donald Trump anunció que Nicolás Maduro había sido detenido y trasladado fuera del país.
La reacción oficial cubana no se hizo esperar y siguió un patrón ya conocido. El gobernante Miguel Díaz-Canel denunció en redes sociales lo que calificó como una agresión criminal por parte de Washington y pidió una respuesta inmediata de la comunidad internacional. En su mensaje habló de una ruptura de la “zona de paz” regional y acusó a Estados Unidos de terrorismo de Estado, recurriendo a un lenguaje que el discurso oficial cubano activa de forma casi automática ante cualquier acción estadounidense en la región.
Ese pronunciamiento rápido y contundente contrastó con la falta de matices. Para La Habana, desde el primer momento el relato quedó fijado: una violación de la soberanía venezolana y una agresión imperialista. El reflejo histórico de respaldar sin fisuras al Gobierno de Caracas volvió a imponerse, aun cuando el contexto internacional actual dista mucho del de años anteriores.
En contraste, la reacción popular en Cuba fue distinta y más pragmática. En grupos de mensajería y redes sociales, la noticia corrió acompañada de una preocupación concreta: el futuro del suministro de petróleo venezolano. En un país golpeado por una profunda crisis energética, con cortes eléctricos diarios y una economía al límite, muchos cubanos interpretaron los acontecimientos en Venezuela desde una perspectiva doméstica, preguntándose qué impacto tendría todo ello en su ya frágil vida cotidiana.
Esta inquietud refleja la naturaleza real de la alianza entre ambos países, que va más allá de la afinidad ideológica y se sostiene, en gran medida, sobre la cooperación energética. De ahí que el tono vehemente del discurso oficial cubano sea percibido por muchos como una reacción defensiva ante un escenario incierto. En conversaciones privadas también se repite una idea que revela el nerviosismo de la población: si Caracas cae, La Habana podría quedar aún más aislada.
La estrecha relación política y diplomática entre Cuba y Venezuela, forjada desde comienzos de este siglo, deja ahora a la Isla observando con atención cada movimiento. Lo que ocurra en las próximas horas será clave para ambos países. Mientras tanto, en Cuba, el futuro se mira con cautela y preocupación, como si el destino del aliado venezolano funcionara también como un espejo incómodo.
