El 2025 ha sido para Nariño un año de contrastes, de luces que invitan a la esperanza y de sombras que recuerdan las cosas buenas y malas que ocurrieron en este año en el departamento. Como suele ocurrir en esta región diversa y estratégica del sur del país, los avances no han llegado de manera uniforme y los problemas estructurales siguen reclamando soluciones de fondo para el 2026.
Entre los aspectos positivos, destaca el fortalecimiento del liderazgo comunitario, que junto a la comunidad lograron cumplir algunas metas y otras que siguen pendientes para el nuevo año continuar con las gestiones.
En medio de las dificultades, las organizaciones sociales, los cabildos indígenas, los consejos comunitarios afrodescendientes y las juntas de Acción Comunal han mantenido viva la capacidad de diálogo y de trabajo colectivo en busca de propuestas y procesos en caminados para su comunidad.
En 2025, muchas iniciativas se ejecutaron en temas de educación, cultura y economía demostrando que el desarrollo no siempre nace desde los grandes proyectos, sino desde el compromiso cotidiano de la gente apoyados de los dirigentes y gobernantes.
Otro punto favorable ha sido el impulso a economías legales y sostenibles en Nariño, el café, el cacao, la panela, el turismo comunitario y algunas apuestas por la agroecología que ha ganado mayor visibilidad en los productores que ayuda a fortalecer el desarrollo no solo de Pasto sino de la región en general.
El talento joven, especialmente en Pasto y municipios intermedios, también ha encontrado espacios en la tecnología, el arte y el emprendimiento, mostrando que Nariño tiene con qué proyectarse hacia el futuro, hecho que quedó demostrado durante este año que ya se termina.
En materia cultural, 2025 ha reafirmado la identidad de los nariñenses, las expresiones artísticas, las fiestas tradicionales y el Carnaval de Negros y Blancos siguen siendo un punto de encuentro que une al departamento más allá de las diferencias políticas o sociales. La cultura continúa siendo un refugio y una herramienta de resistencia frente a la adversidad.
Sin embargo, el balance no estaría completo sin reconocer lo malo y tiene que ver con el tema de la seguridad sigue siendo una de las principales preocupaciones no solo en Nariño sino en el país. En varias zonas persiste la presencia de grupos armados, lo que se traduce en miedo, desplazamientos, restricciones a la movilidad y afectaciones a la economía campesina.
A pesar de los discursos sobre la paz, en 2025 muchos nariñenses siguen viviendo en medio de la incertidumbre y la desconfianza o abandono del Estado. Las situaciones complejas se viven en municipios del norte y costa nariñense.
A esta problemática se suma las vías en mal estado, especialmente en temporada de lluvias, limitan la comercialización de productos, el acceso a servicios de salud y educación, y la integración regional. La conexión entre el Pacífico nariñense y el resto del departamento sigue siendo precaria, profundizando las brechas entre territorios.
Otro aspecto negativo ha sido la lenta respuesta frente a la crisis social como el desempleo, la informalidad y la migración forzada, tanto interna como desde otros países, han puesto presión sobre los servicios públicos y la convivencia. Muchos jóvenes sienten que las oportunidades son insuficientes y ven el futuro con escepticismo, lo que alimenta fenómenos como la deserción escolar o la vinculación a economías ilegales.
En conclusión, 2025 ha sido un año que refleja la complejidad de Nariño: un territorio con enorme riqueza humana y cultural, pero golpeado por problemas estructurales que no se resuelven de un día para otro. Reconocer lo bueno sin ocultar lo malo es el primer paso para construir un futuro más justo. El reto está en hacer que la esperanza deje de ser solo una palabra para convertirse en política pública y acción concreta.




