Por: Carlos Eduardo Lagos
Hay batallas que se ganan en el campo y otras que se comprenden con el tiempo. Bomboná pertenece a estas últimas. Ocurrida en las montañas del sur de la Gran Colombia, su resultado ha sido tradicionalmente presentado como una victoria patriota. Sin embargo, un análisis desde la doctrina militar permite una lectura distinta: no como un triunfo táctico claro, sino como un combate necesario dentro de una estrategia mayor.
En 1822, la guerra de independencia ya no era un fenómeno local, sino una campaña continental en Sur América. Desde el sur, José de San Martín y Bernardo O’Higgins habían asegurado Argentina y Chile tras Chacabuco y Maipú, proyectando la ofensiva hacia el Perú. Desde el norte, Simón Bolívar avanzaba tras Boyacá y Carabobo con un objetivo claro: asegurar Quito y cerrar el corredor andino. El tiempo apremiaba, y la guerra exigía decisiones operacionales rápidas.
En ese contexto, Bolívar no buscaba combatir en Pasto. Su intención era maniobrar, circunvalar el volcán Galeras y evitar el enfrentamiento directo en un terreno desfavorable. Sin embargo, las fuerzas realistas al mando de Basilio García interceptaron su avance en Bomboná. En términos de la doctrina militar, se trató de una intercepción sobre la línea de operaciones. La batalla no fue planificada: fue impuesta.
El combate se desarrolló en condiciones propias de la guerra de montaña. Las fuerzas patriotas, con unidades como los batallones Rifles y Bogotá, avanzaron cuesta arriba, bajo fuego y en terreno quebrado. Su moral era alta, pero las condiciones tácticas eran adversas. Las fuerzas realistas, apoyadas por milicias locales como el escuadrón invencible de Estanislao Merchancano, ocupaban posiciones elevadas, conocían el terreno y combatían en defensa de su espacio.
El resultado fue un combate costoso. Las bajas patriotas fueron considerablemente superiores —algunas estimaciones las sitúan entre 500 y 700 hombres entre muertos y heridos— mientras que las realistas se mantuvieron en rangos menores, sin comprometer su capacidad operativa. Este dato es clave: el ejército realista no fue destruido, no fue perseguido y conservó su cohesión.
Desde la doctrina militar, estos elementos son determinantes. Una victoria táctica implica neutralizar al enemigo, controlar el campo de batalla y explotar el resultado. En Bomboná, nada de esto ocurrió de forma decisiva.
Sin embargo, la historia no termina en el campo de batalla. La victoria de Antonio José de Sucre en Pichincha cambió completamente el escenario. Las fuerzas realistas en Pasto quedaron aisladas, sin posibilidad de apoyo. Mantener esta guarnición se volvió insostenible, lo que condujo a su capitulación en acuerdos como el de Berruecos y permitió la entrada de Bolívar en la ciudad.
Bomboná, entonces, adquiere su verdadero significado: no como una victoria táctica, sino como un episodio dentro de una secuencia que culminaría en Pichincha y, posteriormente, en Junín y Ayacucho.
Entender Bomboná de esta manera no disminuye su importancia. Por el contrario, la sitúa en su justa dimensión: la de un combate difícil, impuesto por las circunstancias operacionales, cuyo valor no radica en su resultado inmediato, sino en su contribución al desenlace de la independencia de Sur América.



