Durante siglos, el bisonte europeo fue una presencia prácticamente desaparecida de los paisajes de Rumania. La caza, la pérdida de hábitat y la presión humana llevaron a esta especie a desaparecer de buena parte de Europa, hasta el punto de que a comienzos del siglo XX su supervivencia llegó a depender de ejemplares mantenidos en cautiverio.
Pero en los montes Țarcu, en los Cárpatos meridionales de Rumania, la historia comenzó a cambiar hace poco más de una década.
Desde 2014, organizaciones de conservación como WWF-Rumania y Rewilding Europe han trabajado en la reintroducción del bisonte europeo (Bison bonasus) en este territorio. El proyecto no buscaba únicamente recuperar una especie emblemática, sino devolver al ecosistema a uno de sus grandes herbívoros y permitir que sus comportamientos naturales volvieran a influir sobre el paisaje.
Los resultados han ido mucho más allá de la presencia de los animales. Informes y publicaciones de divulgación recientes señalan que las zonas donde los bisontes se han establecido presentan alrededor de un 30 % más de biomasa y diversidad vegetal, acompañadas de una mayor variedad de praderas, arbustos, claros y zonas de regeneración forestal.
La cifra debe interpretarse con cautela: no equivale a decir que toda la región de Țarcu tenga exactamente un 30 % más de plantas. Se trata de una estimación divulgada para determinadas áreas y de un indicador del cambio ecológico observado. Aun así, el caso constituye un ejemplo especialmente llamativo de cómo la recuperación de un gran herbívoro puede modificar las relaciones entre vegetación, suelo, semillas y otros organismos.
Más de 250 bisontes recorren actualmente los montes Țarcu
La transformación comenzó en 2014, cuando los primeros bisontes fueron trasladados a los montes Țarcu, en el suroeste de Rumania. El territorio había permanecido sin poblaciones silvestres de esta especie durante más de dos siglos.
Los animales fueron sometidos inicialmente a periodos de adaptación antes de ser liberados. Una característica importante del programa es que los bisontes no dependen de alimentación suplementaria una vez que son liberados, lo que favorece que tengan que desplazarse, buscar alimento y utilizar el territorio de manera natural.
Durante los primeros años, la población fue creciendo mediante nuevas translocaciones y, cada vez más, mediante reproducción en libertad.
El proceso ha alcanzado una escala considerable. WWF-Rumania informa actualmente de más de 200 bisontes en los montes Țarcu, mientras que Rewilding Europe señaló en mayo de 2026 que la población libre había superado los 250 individuos, casi la mitad de ellos nacidos en estado salvaje.
La diferencia entre cifras responde, en parte, a que las poblaciones silvestres son difíciles de contabilizar con precisión y a que las organizaciones actualizan sus estimaciones en momentos diferentes. Lo importante es que todas apuntan a la misma tendencia: el núcleo de Țarcu ha dejado de ser una pequeña población experimental y se ha convertido en una de las poblaciones de bisonte europeo en libertad más importantes de Europa.
¿Por qué un animal tan grande puede aumentar la vegetación?
A primera vista, puede parecer contradictorio afirmar que introducir un gran herbívoro puede generar más vegetación.
Después de todo, los bisontes comen grandes cantidades de plantas. WWF-Rumania señala que un adulto puede consumir hasta unos 60 kilogramos de vegetación al día, dependiendo de las condiciones y de la disponibilidad de alimento.
Sin embargo, el papel ecológico de un herbívoro no consiste simplemente en consumir plantas.
El bisonte actúa como una especie capaz de modificar físicamente el ambiente. Al desplazarse por bosques, praderas y claros, ramonea, pasta, pisa vegetación, remueve el suelo, se revuelca y transporta semillas. Además, sus excrementos devuelven nutrientes al terreno.
El resultado puede ser un paisaje menos uniforme y más diverso.
En lugar de una superficie dominada casi exclusivamente por vegetación densa, pueden aparecer pequeñas áreas abiertas, zonas de hierba, arbustos, claros y sectores de regeneración forestal.
Este tipo de paisaje en mosaico es importante porque diferentes especies encuentran allí condiciones distintas para alimentarse, reproducirse y refugiarse.
El bisonte como “ingeniero del ecosistema”
Los ecólogos utilizan expresiones como “ingeniero del ecosistema” para describir a animales capaces de modificar físicamente su entorno y generar condiciones que posteriormente pueden ser aprovechadas por otras especies.
El bisonte europeo encaja en buena medida dentro de este concepto.
Su alimentación evita que algunas zonas abiertas sean rápidamente invadidas por vegetación leñosa. Al mismo tiempo, el pisoteo puede abrir pequeños espacios en los que germinan otras plantas.
Sus desplazamientos también favorecen la dispersión de semillas. Algunas pueden viajar adheridas al pelo de los animales, mientras que otras son transportadas mediante el material vegetal que atraviesa su sistema digestivo y posteriormente llega al suelo a través de las heces.
El estiércol, además, incorpora materia orgánica y nutrientes al ecosistema.
La combinación de estos procesos genera una serie de pequeños cambios que, acumulados durante años, pueden modificar la estructura de un paisaje.
La propia Global Rewilding Alliance destaca que los bisontes de los Cárpatos ayudan a mantener un mosaico de bosques, matorrales y pastizales, además de dispersar nutrientes y semillas.
El dato del 30 %: qué significa realmente
Uno de los datos que más atención ha recibido en las publicaciones recientes sobre el proyecto es el incremento de aproximadamente 30 % en la biomasa y diversidad vegetal en las áreas donde se han establecido los bisontes.
Publicaciones de divulgación ambiental difundidas en 2026 describen que, después de aproximadamente una década de recuperación de la especie, determinadas zonas presentan una mayor cantidad y variedad de vegetación. En ellas se habla de más hierbas, arbustos, flores y una estructura más heterogénea del hábitat.
Pero es importante no exagerar el alcance de la cifra.
El 30 % no debe interpretarse como una medición aplicable a todos los montes Țarcu ni como una prueba de que los bisontes sean responsables por sí solos de todo el aumento observado.
La vegetación también está condicionada por factores como las precipitaciones, la temperatura, la altitud, el abandono de determinadas actividades agrícolas, la dinámica forestal, los incendios, la presencia de otros herbívoros y los cambios en el uso del suelo.
Por eso, el resultado debe entenderse como parte de un proceso ecológico más amplio.
Lo que sí resulta consistente con la evidencia disponible es que los bisontes están recuperando funciones ecológicas que habían desaparecido junto con ellos.
De bosques homogéneos a un paisaje más diverso
Uno de los efectos más importantes del regreso de los grandes herbívoros es la modificación de la estructura del paisaje.
Cuando desaparecen los grandes animales que durante miles de años consumieron hierbas, brotes y arbustos, determinadas zonas pueden experimentar una expansión de la vegetación leñosa.
Esto no significa que los bosques sean negativos. Por el contrario, los bosques maduros son ecosistemas fundamentales. El problema aparece cuando un paisaje pierde la variedad de ambientes que históricamente coexistían en él.
El pastoreo y el ramoneo de los bisontes pueden contribuir a mantener determinados claros y zonas abiertas.
Así, en lugar de tener grandes superficies con una estructura muy similar, el territorio puede presentar una combinación de:
- praderas;
- pastizales;
- matorrales;
- claros forestales;
- bosques maduros;
- zonas de regeneración;
- pequeños espacios de suelo removido.
Esta heterogeneidad puede beneficiar a un número mayor de especies.
En los Cárpatos meridionales existen además otros grandes mamíferos, entre ellos osos pardos, lobos, linces, ciervos y jabalíes. La recuperación del bisonte ocurre, por tanto, dentro de una comunidad ecológica mucho más amplia.
El impacto no termina en las plantas
El aumento de la diversidad vegetal puede producir efectos en cadena.
Cuando aparecen más especies y estructuras diferentes de vegetación, también pueden aumentar las oportunidades para insectos, polinizadores, aves y pequeños mamíferos.
Un claro con flores puede ofrecer alimento a polinizadores. Un arbusto puede proporcionar refugio para pequeños animales. Una zona de pasto corto puede favorecer determinadas especies de aves. Los restos vegetales y el estiércol pueden alimentar a organismos del suelo.
De esta manera, el bisonte no actúa de forma aislada.
Su presencia modifica una parte del ecosistema y esos cambios pueden propagarse hacia otros niveles de la cadena ecológica.
La Global Rewilding Alliance señala que, en los Cárpatos meridionales, los bisontes pueden beneficiar a cientos de especies animales y a numerosas especies vegetales al modificar el hábitat y recuperar procesos ecológicos.
Un efecto adicional: el carbono almacenado en el suelo
El caso de los montes Țarcu también ha llamado la atención por otro motivo: la relación entre los grandes herbívoros y el ciclo del carbono.
En 2024, investigadores asociados a la Yale School of the Environment y a la Global Rewilding Alliance utilizaron el modelo denominado Animating the Carbon Cycle (ACC) para estimar cómo la presencia de bisontes podía modificar la capacidad del ecosistema para capturar y almacenar carbono.
El análisis se centró en una manada de alrededor de 170 bisontes que utilizaba aproximadamente 48 kilómetros cuadrados de pastizales dentro de un paisaje mayor de unos 300 kilómetros cuadrados.
El modelo estimó que la presencia de los animales podría favorecer la captura y almacenamiento de unas 54.000 toneladas adicionales de carbono al año, cerca de diez veces el almacenamiento estimado para un escenario sin bisontes.
La cifra ha sido muy difundida, pero también requiere una precisión fundamental: se trata de una estimación basada en un modelo, no de 54.000 toneladas de carbono medidas directamente año tras año en el suelo de Țarcu.
El modelo incorpora los efectos que tienen los animales sobre la vegetación, los microorganismos, los nutrientes y el suelo para estimar cómo cambia el ciclo del carbono.
Por tanto, el resultado debe considerarse una estimación del potencial climático de la reintroducción y no una medición directa de emisiones evitadas.
¿Cómo pueden los bisontes favorecer el almacenamiento de carbono?
La lógica ecológica detrás del modelo es relativamente sencilla.
Los bisontes consumen vegetación, pero también redistribuyen nutrientes mediante sus desplazamientos y excrementos. Su actividad modifica la estructura de las plantas y puede generar diferentes patrones de crecimiento.
El pastoreo puede estimular determinados procesos de regeneración vegetal y mantener una mayor diversidad de plantas. Las raíces y los residuos vegetales contribuyen a introducir carbono en el suelo, mientras que los microorganismos participan en su transformación y almacenamiento.
Además, el movimiento de los animales puede redistribuir materia orgánica y nutrientes a través del territorio.
La investigación de Yale sobre restauración trófica sostiene precisamente que la presencia de animales puede modificar las relaciones entre plantas, microorganismos y ambiente, alterando la capacidad de los ecosistemas para capturar y almacenar carbono.
Esto no significa que cualquier población de bisontes produzca automáticamente el mismo efecto.
Las condiciones del suelo, el clima, la productividad vegetal y la cantidad de animales son factores determinantes. De hecho, los propios investigadores advierten que los resultados obtenidos para los Cárpatos no pueden extrapolarse directamente a todos los ecosistemas del mundo.
Una especie que estuvo al borde de desaparecer
El éxito actual resulta especialmente significativo si se observa la historia reciente del bisonte europeo.
La especie sufrió una reducción extrema de sus poblaciones debido a la caza y a la transformación de sus hábitats.
En 1925 murió en el Cáucaso el último bisonte europeo silvestre conocido, mientras que la supervivencia de la especie dependía de ejemplares mantenidos en zoológicos y reservas.
Los programas de cría permitieron evitar su desaparición total.
Sin embargo, existe una vulnerabilidad genética importante. WWF-Rumania señala que la población moderna procede genéticamente de apenas 12 individuos fundadores, una situación que ha dejado una diversidad genética reducida.
Precisamente por eso, los programas actuales no buscan simplemente aumentar el número de animales. También intentan mantener una población genéticamente saludable y conectada.
El reto de crear una población verdaderamente autosuficiente
Para que una reintroducción sea considerada un éxito a largo plazo, no basta con liberar animales.
El objetivo es que la población pueda reproducirse, encontrar alimento, desplazarse y sobrevivir sin depender permanentemente de los seres humanos.
En Țarcu existen señales favorables.
Más de la mitad de la población llegó a estar constituida por animales nacidos en libertad, según estimaciones previas de los equipos de conservación. Además, la población ha ampliado progresivamente su área de distribución.
En 2025, WWF-Rumania y sus socios estimaban unos 250 individuos distribuidos en aproximadamente 380 kilómetros cuadrados. La organización también informó de que alrededor de 150 animales habían nacido en libertad, de acuerdo con sus monitoreos y estudios genéticos.
La expansión natural es una de las señales más importantes de que el proyecto ha superado la etapa inicial de simple reintroducción.
También existen problemas y desafíos
Presentar el proyecto como un éxito ecológico no significa que todos sus efectos sean positivos ni que la convivencia con las comunidades locales sea sencilla.
Los grandes herbívoros necesitan espacio y, cuando las poblaciones aumentan, pueden producirse encuentros con actividades humanas.
Los propios responsables de conservación reconocen que la coexistencia entre bisontes y comunidades locales requiere sistemas adecuados de seguimiento y gestión. WWF-Rumania señala que los daños económicos provocados por los animales son relativamente limitados, pero que la ausencia de mecanismos eficaces de compensación puede generar tensiones.
Por ello, la recuperación de la especie implica mucho más que proteger a los animales.
También requiere trabajar con agricultores, habitantes locales, autoridades, investigadores y empresas relacionadas con el turismo.
El turismo de naturaleza se suma al proyecto
La presencia de bisontes también ha generado nuevas oportunidades económicas.
Los animales se han convertido en un atractivo para visitantes interesados en observar fauna silvestre y conocer los procesos de restauración ecológica.
Las organizaciones involucradas han promovido iniciativas relacionadas con el turismo de naturaleza y el emprendimiento local, con la intención de que las comunidades cercanas también obtengan beneficios económicos del regreso de la especie.
Esto es fundamental para cualquier proyecto de rewilding.
Si la población local percibe únicamente restricciones, daños o conflictos, la conservación puede encontrar resistencia. Si, por el contrario, el regreso de la fauna genera empleo, turismo, educación y nuevas oportunidades, aumenta la posibilidad de construir una relación duradera entre las personas y los animales.
Rumania se convierte en un laboratorio de restauración ecológica
Los montes Țarcu representan ahora uno de los ejemplos más interesantes de restauración ecológica mediante la recuperación de grandes herbívoros.
La idea central del proyecto no es construir artificialmente un ecosistema nuevo, sino permitir que determinados procesos naturales vuelvan a funcionar.
Los bisontes pastan.
Se desplazan.
Abren claros.
Transportan semillas.
Depositan nutrientes.
Remueven el suelo.
Interactúan con otros animales.
Y, a través de todas esas acciones, modifican progresivamente el ambiente.
Ese conjunto de interacciones es precisamente lo que hace que una especie pueda tener un impacto mucho mayor que el que sugeriría su simple número de individuos.
El regreso del bisonte puede ser más que una historia de conservación
El caso de Țarcu plantea una idea cada vez más importante dentro de la conservación moderna: proteger una especie no siempre significa únicamente evitar su extinción.
También significa recuperar su función ecológica.
El bisonte europeo es un ejemplo especialmente claro.
Su regreso está asociado a cambios en la estructura del paisaje, a la dispersión de semillas, al reciclaje de nutrientes y a la creación de diferentes tipos de hábitat. Las publicaciones recientes también señalan incrementos de alrededor del 30 % en biomasa y diversidad vegetal en determinadas áreas, aunque este dato debe interpretarse como una estimación de seguimiento y divulgación, no como una cifra universal para toda la región.
A esto se suma la estimación de Yale de un importante aumento potencial en el almacenamiento de carbono, aunque basado en modelización y no en una medición directa de 54.000 toneladas anuales.
La historia de los bisontes de los Cárpatos demuestra, en definitiva, que la recuperación de una especie puede desencadenar cambios mucho más amplios.
Después de más de dos siglos de ausencia, estos enormes herbívoros vuelven a recorrer las montañas de Rumania y, con cada desplazamiento, están ayudando a recuperar procesos naturales que durante generaciones habían desaparecido.
El verdadero éxito del proyecto no será únicamente contar cuántos bisontes existen dentro de unos años, sino comprobar si la población consigue mantenerse genéticamente saludable, expandirse de manera natural y coexistir con las comunidades humanas mientras continúa favoreciendo un ecosistema más diverso y funcional.
En los montes Țarcu, esa transformación ya está en marcha.



